Tercer Milenio edición número 26
TESTIMONIO EN DIRECTO DESDE EL PALACIO DE
LA MONEDA Y EL EPICENTRO DEL CONFLICTO: “A LAS 3 DE LA MADRUGADA DEL 11
ME LLAMA MI JEFE DE LA OIR Y ME DICE: “FITO, EL GOLPE COMENZÓ…”
LIVING TESTIMONY FROM THE PALACE OF LA
MONEDA AND THE EPICENTER OF THE CONFLICT: “AT 3 AM 11 MY BOSS FROM THE
OIR CALLED ME AND TOLD ME: ‘FITO’, THE COUP BEGAN”
* Por: JUAN ANTONIO ABARZÚA*
ARTICULO RECIBIDO 01/01/1970 ARTICULO ACEPTADO 01/01/1970
RESUMEN:
‘Fito’
Abarzúa era estudiante de Periodismo de la Norte y el golpe de Estado
lo encontró trabajando en el palacio de La Moneda. Un oficial de
carabineros le apuntó un arma a la cabeza, pero le dice al oído ¡Ándate
tu vida ya no vale un centavo! El autor narra desde el epicentro del
conflicto los pormenores del bombardeo al palacio de La Moneda en
Santiago y los enfrentamientos en el centro.
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ABSTRACT:
Fito
‘Abarzúa was a student of Journalism of the University of the North and
he found himself in the middle of the coup d’état working in the palace
of La Moneda and without enough knowledge. A police officer pointed a
gun at his head, but he whispered him: Go away from here, your life is
not worth a dime! From the epicenter of the conflict, the author
narrates the details of the bombing of La Moneda Palace in Santiago and
several violent clashes in the city centre.
Fito ‘Abarzúa was a student of
Journalism of the University of the North and he found himself in the
middle of the coup d’état working in the palace of La Moneda and without
enough knowledge. A police officer pointed a gun at his head, but he
whispered him: Go away from here, your life is not worth a dime! From
the epicenter of the conflict, the author narrates the details of the
bombing of La Moneda Palace in Santiago and several violent clashes in
the city centre.
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| PALABRAS CLAVES: GUERRA CIVIL, BOMBARDEO, MERCADO NEGRO, OBREROS. |
KEYWORDS: CIVIL WAR, BOMBING, BLACK MARKET WORKERS. |
* Alumno de periodismo de la Norte y
funcionario de la OIR en 1973. Actualmente es periodista y columnista
del diario El Tribuno de Salta. Contacto: fabarzua@el tribuno.com.ar
El 10 de septiembre de 1973, los que trabajábamos en cargos menores
en la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia de la
República (OIR) -periodistas, operadores, camarógrafos, ordenanzas,
otros técnicos y personal de servicio-, todos militantes de una u otra
fuerza que adscribía al gobierno de la Unidad Popular (UP) que
encabezaba Salvador Allende, sabíamos que las cartas estaban echadas.
De una u otra manera, teníamos certezas, por diferentes fuentes de
información o sólo por pálpito, que el golpe de Estado era inminente.
Los militares habían ganado la calle, amparados en una Ley de Control
de Armas. Las patrullas recorrían Santiago -y lo mismo ocurría en todas
las ciudades del país-, deteniendo y requisando a todo ciudadano,
especialmente a los poseedores de aspecto obrero o aquéllos que llevaban
puesto el uniforme de la Vía Chilena al Socialismo: bigotes, pelo largo
y aspecto ‘beatlemaníaco’.
El Partido Comunista convocaba a reuniones de base, donde sus líderes
proclaman “No a la guerra civil”, algo que, honestamente, me parecía
absurdo. Me había tocado por suerte ser hijo de un militar, ya
fallecido, radical, demócrata y masón, ex campeón intercontinental de
equitación, de quien había aprendido algo: las guerras civiles sólo
existen en países en los que el Ejército se divide ideológicamente, cosa
que no puede ocurrir en Chile porque sus tropas no tienen estado
deliberativo, sólo reciben órdenes.
A las 3 de la madrugada del 11 de septiembre, recibí una llamada. Era
mi jefe, el Director de la OIR, Juan Ibáñez Elgueta, quien me dijo:
“Fito -mi apodo-, el golpe comenzó”. A esas alturas, Chile era un caos.
No había nada en el mercado oficial y, clandestinamente, los
especuladores hacían su agosto: se desplazaban sigilosamente y ofrecían
todo lo que no se hallaba en el comercio formal.
Las calles eran violencia pura. Cuadros del Movimiento de Izquierda
Revolucionaria (MIR) y otros, mantenían continuos enfrentamientos con
agentes de la ultraderechista Patria y Libertad (y sus aliados), una
organización filo-nazi con un emblema análogo a la esvástica hitleriana,
mientras carabineros lanzaban bombas lacrimógenas minuto tras minuto.
Era, realmente, terrible.
La OIR fue mi primer trabajo formal. Y fue, efectivamente, muy
positivo puesto que más allá o acá de lo que ocurrió en el país, me
entregó una clase de periodismo único, en un momento irrepetible en la
historia nacional, donde pude reportear, dialogar, discutir con los más
variados personajes de la escena nacional de entonces y -por el hecho de
que mi puesto de trabajo estaba en La Moneda-, mantener una estrecha
relación con detectives, carabineros, integrantes de la GAP (Grupo de
Amigos Personales, la custodia del presidente Allende), lo que me enseñó
el pensamiento de segmentos sociales que estaban lejos de mi formación.
A las 6 de la mañana del 11, me presenté en la casa de mi vecino -y
por entonces una especie de padrino político-, Sergio Insunza, ministro
de Justicia. “Las cosas están mal compañero -le expresé-, pero él, lejos
de mostrarse afectado por lo que estaba ocurriendo -las calles de
Santiago rechinaban por el paso de las orugas de los tanques y ya se
escuchaban tiros-, se satisfacía con un opíparo desayuno sureño de jamón
revuelto con huevos fritos y parecía no estar preocupado. “En Chile no
pasan estas cosas”, me dijo, y continuó con su banquete. “Cálmate”,
agregó.
Media hora después, estábamos rumbo a La Moneda. Ambos llevábamos
sendas armas de fuego y pienso que los integrantes de su guardia, que
eran jóvenes, serios y formales, también. Ninguno de ellos hacía
expresión alguna cuando observábamos el paso de las tropas. Chile, había
cambiado definitivamente.
Esas cosan que no pasaban en nuestro suelo, estaban pasando. No sé
cómo, pero llegamos frente a la puerta principal de La Moneda.
“Bájate”, me dijo Sergio Insunza. La zona estaba rodeada de militares
fuertemente armados. Miré hacia el interior y advertí que hombres
portando metralletas y mujeres del staff administrativo, corrían
nerviosamente por el Patio de los Naranjos, el corazón social del
edificio pergeñado por el arquitecto Toesca. Hacía frío en Santiago y
lloviznaba. Miré en todas direcciones y comprendí que estaba en el ojo
de una tormenta grado 5.
Sin meditar mucho, caminé hacia el pórtico de La Moneda, pero me
salió al encuentro el teniente Varela, un carabinero de mi misma edad,
pero 20 centímetros más alto, con quien solíamos conversar animadamente y
participar en encuentros de fútbol. Nos miramos brevemente. Yo, sin
comprender mucho cómo venía barajado el naipe con él.
Por el contrario, Varela se veía seguro y me enfrentó. Sacó su arma
reglamentaria, me la puso en la cabeza pero su voz era distinta a su
actitud. “Fito -susurró-, ándate de inmediato. Dentro de un rato, la
vida de ninguno de la UP vale un centavo”.
“Ok”, le contesté. Di media vuelta y caminé, a paso rápido, entre
medio de centenares de soldados y maquinaria bélica apostada alrededor
de la casa de los presidentes, y me dirigí hacia el Ministerio de
Justicia, a pocos metros, en una calle paralela, donde estaba Insunza.
Subí las escaleras y llegué al despacho del funcionario de Estado,
quien se hallaba rodeado de sus más cercanos colaboradores y del
entonces director del Registro Civil, cuyo nombre se me ha hundido en
los pliegues de la memoria. “Hola”, dijo Sergio.
“Tenemos que irnos a la mierda”, le repliqué. No esperé jamás que me
respondiera lo que escuché: “Tranquilo, tranquilo…estas cosas no pasan
en Chile, huevón. Ya hay movimientos militares en defensa de la
democracia”. La mañana no había concluido y los disparos de armas
automáticas y artillería recrudecían segundo a segundo.
Algo pasó en la calle. Fuimos hacia una ventana con el director del
Registro Civil, quien, como buen funcionario, estaba de traje príncipe
de Gales, camisa blanca y corbata y observamos que en medio de una
humareda, producto de una explosión, un hippie vestido de negro, en una
bicicleta blanca, desafiaba a su propia existencia, pedaleando quién
sabe hacia dónde.
Por la radio sentimos que los militares anunciaban que bombardearían La Moneda si no había rendición incondicional de Allende.
El ministro de Justicia, por teléfono interno, se comunicó con
Briones, el titular de la cartera del Interior, al que todos conocíamos
como Condorito, por la prominente nariz que portaba. El diálogo fue
corto, pero Insunza lo comentó con voz quebrada. “Me dijo que el
presidente le aseguró que sólo saldría de La Moneda con las ‘patas pa’
delante’ “.
Con el elegante funcionario del Registro Civil, subimos a la terraza.
Pero al pasar por el cuarto piso y abrir una puerta, nos hallamos con
dos militantes del MIR, que estaban detrás de un par de metralletas con
trípode. “Les vamos a enseñar quiénes somos”, dijeron los desconocidos.
Ya en la parte alta, sentimos el ruido de uno de los aviones que
bombardearía el palacio. Se sintió una especie de ‘click’ y
microsegundos después, observamos cómo uno de los misiles -por entonces
llamados rockets-, ingresaba con precisión por una de las ventanas del
histórico edificio. Luego otro y otro. La balacera era incesante. Y al
infierno desatado por la Fuerza Aérea, se sumaba un concierto de
estallidos que provenía desde los cuatro puntos cardinales.
“Sergio -dije al ministro-, tenemos que irnos de aquí en cuanto se dé
la oportunidad”. Y agregué, en un rapto de lucidez: “Todos tenemos que
afeitarnos y salir peinados. De otra manera, seremos historia”.
Yo era el menor de todos, pero, a nadie le importó y uno a uno fuimos
sacándonos las pilosidades “upelientas” con la única máquina de afeitar
que apareció desde la nada. Poco después, bajamos hacia el subsuelo del
inmueble y destruimos, en la caldera, todo tipo de documento que nos
pudiera comprometer.
Horas más tarde, hubo una especie de tregua para que los empleados
públicos y privados salieran desde sus lugares de trabajo y regresaran a
sus hogares. Nosotros, salimos uno a uno.
“Mi cuñado David Silberman”…
En la calle, ad portas de un hotel, dos peruanos, vestidos de traje y
corbata, en ese momento de calma, se dirigieron a un oficial, que
miraba agresivamente a los que trataban de escapar del epicentro del
conflicto. “Los felicitamos por lo que han hecho”, expresaron.
Sin embargo, tales loas no fueron sino el estímulo para que el
uniformado les replicara: “¡Qué se meten ustedes cholos de mierda!”,
luego de lo cual sus lugartenientes, los tomaron a patadas.
No había caminado más de cuatro cuadras y frente a mí y otros,
mientras un mayor vestido con el uniforme habitual y no de combate
gritaba “¡apúrense, salgan del centro!”, se advertía el cadáver
destrozado de una mujer alcanzada por un proyectil de una ametralladora
Punto 30. No sé cómo, llegué a mi casa.
Dos meses después, un militar amigo de mi familia, se comunicó
escuetamente conmigo. “Te doy una semana para que te vayas”. Al otro
día, estaba, con mi mujer, embarazada de ocho meses y mi hijo Martín, de
dos años, en Buenos Aires. Mi cuñado, David Silberman, gerente general
de Chuquicamata, fue detenido, y no apareció más.
Comenzó para nosotros, y como a muchas otras familias chilenas, una
nueva vida. No la que deseábamos en esos momentos. La tristeza no se ha
ido jamás de nuestros corazones.