Testimonios recopilados y obtenidos en la Web POR MEDIO DE LA METODOLOGÍA DE LA ETNOGRAFÍA VIRTUAL
jueves, 17 de marzo de 2016
domingo, 3 de enero de 2016
Me lleva a la cárcel pública y los “huerfanitos justicieros”, los hijos del MIR.
Me lleva a la cárcel pública
Testimonio de SilvanaVerónica Fuentes Cienfuegos, asistente audiovisual, hija de Veronica Cienfuegos,militante del MIR.
Llego a Santiago en silencio y parto donde mis amigos, y me dicen que ya sabían que mi mamá había sido ejecutada. ¡Todos sabían! Yo no entendía por qué no me contaron. Mi papá fue capaz de silenciar a una generación completa, a familias completas. ¡Por qué nunca me dijeron! Todavía eso lo tengo un poco pendiente. Cuando llego donde la Nati, la hija de la Érika Chanfreau, ella se hace cargo. Teníamos la misma edad y vivimos juntas en París. Me lleva a la cárcel pública, a la Mapocho, donde estaban detenidos todos los sobrevivientes del MIR. Cada uno me habló de mi mamá, me entregaron cosas, cartas, etc. Entré y todos me estaban esperando. Ahí empecé a reconstruir la historia, y el Carlos Insunza por su lado, con la Nati, fueron las dos únicas personas de mi generación que me ayudaron. Ni el Marco, ni ninguno de los que estaban súper posicionados fueron capaz de entregarme información. Nadie quiso hacerse cargo, nadie se metió. Carlos y la Nati sí. Empezamos a recorrer por partes hasta que la encontré. La encontré en el patio San José. La estaba buscando por la lógica familiar, porque la habían enterrado en un nicho que era de mi tío abuelo, donde estaban sus hermanos y unas primas también. Estaba con su familia del lado de mi tío abuelo, del esposo del hermano de mi abuela. Cuando la encontré fui a la cárcel, hice una tremenda limpieza de amigos, me vinculé a los “huerfanitos justicieros”, a los hijos del MIR. Los “huerfanitos” se lo puse yo para desperfilar la cuestión, era mucho menos doloroso y la primera reunión que tuvimos nos pusimos un nombre. Yo digo “Mi mamá no me da manjar Colún”, y quedó como talla. Me vinculé con ellos.
Relatado por Sylvana Fuentes, hija de María Verónica Cienfuegos.
María Verónica Cienfuegos
Ejecutada el 11 de diciembre de 1981
María Verónica Cienfuegos nace el 18 de septiembre de 1953, crece en la Villa Olímpica, en Ñuñoa. Es la segunda de cuatro hermanos; Sergio Cienfuegos, su hermano mayor, es el único hombre. Aún es muy joven cuando su madre enviuda de su padre.
Estudia en un liceo cerca de la Villa. Asidua lectora de novelas, María Verónica es menuda y alegre; apasionada y soñadora. Para el golpe de Estado, tiene 18 años, se encuentra enamorada y embarazada de su futuro esposo, Carlos Fuentes –vecino del barrio–. Carlos estudia en la Universidad Técnica del Estado –actual USACH–, es militante del MAPU (Movimiento de Acción Popular Unitaria) y trabaja como cajero en el Banco Estado.
En 1973, después del golpe de Estado, María Verónica se radica en Buenos Aires. Sigue a Fuentes, quien se exilia luego de que agentes del aparato represor lo van a buscar a su lugar de trabajo. En 1974 María Verónica retorna a Chile con el fin de encontrar a su hermano Sergio quien ha sido detenido por el aparato represor de la dictadura –hasta el día de hoy se encuentra desaparecido–. Verónica se queda aproximadamente un año en Chile buscando a su hermano para finalmente partir a Francia, en donde se encuentra su marido, quien en 1975, debido a la dictadura argentina, debe viajar hacia París. Ahí conviven como familia en una barrio de refugiados políticos a la afueras de París –Orly– con un grupo importante de exiliados chilenos: Érika Hennings –viuda de Chanfreau–, la familia Gumucio, Insunza, Fernández, Enríquez… En ese entonces, su hija Sylvana tenía alrededor de dos años.
En 1976, Verónica se separa de Carlos Fuentes y comienza a militar activamente en las facciones exiliadas del MIR. Tiempo después, comienza a vivir con Sergio Flores quien, junto a la memoria de su hermano Sergio, es su gran influencia política. En 1979, junto a Flores inician los preparativos para volver clandestinos a Chile como parte de la Operación Retorno, plan del Movimiento de Izquierda Revolucionaria –MIR– para derrocar a la dictadura. Su hija Sylvana permanece viviendo con su padre en París.
La “Chica Laura”, chapa que usaba María Verónica como combatiente del MIR, viaja primero a Cuba para entrenarse. De su historia en ese país no se conoce mucho, pero se sabe que se desempeña como comandante en la Escuela de Guerrillas. María Verónica le enviaba todos los meses a su hija libros infantiles, una colección entera que Sylvana todavía guarda. También le mandaba cartas con su nombre, que venían de rebote y abiertas, entregadas por compañeros del MIR a su hija Sylvana. En 1981 los libros dejaron de llegar.
Verónica y su compañero Sergio entran a Chile en mayo del 81. Entraron por el aeropuerto. Ella con su nombre, y Sergio, como Eduardo, su chapa –Sergio era parte de la dirección general del MIR–. Por seguridad, no debían tener contacto con sus familias y pasaron muchas penurias económicas. Todos las personas vinculadas a María Verónica fueron perseguidas e interrogadas en esa época.
María Verónica y Sergio Flores fueron acribillados por agentes de la CNI el 11 de diciembre de 1981. Verónica había almorzado con su madre el día antes que la mataran y ese día no había podido hacer preparación física con Sergio en el Parque O´Higgins pues tenía un esguince en un pie. Él fue solo, pero le advirtieron de la posibilidad del atentado y pudo regresar a la casa. Testigos declararon que Sergio y Verónica fueron previamente seguidos. La CNI montó un gran operativo que fue cubierto por los medios de prensa de la época, helicópteros y un gran número de agentes de la CNI, los cuales armaron un montaje de enfrentamiento que presentaba a Verónica y a Sergio como guardadores de un gran arsenal y terroristas de alta peligrosidad, lo cual ha sido demostrado como falso. En la actualidad el caso de Verónica y Sergio está en proceso, como ejecución fuera de toda ley.
Fuentes:
Testimonio de Sylvana Verónica Fuentes Cienfuegos, hija de María Verónica Cienfuegos
Memoria Viva:
http://www.memoriaviva.com/Ejecutados/Ejecutados_C/maria_veronica_cienfuegos_cavier.htm
sábado, 2 de enero de 2016
EL TRAUMA HUMANO Comentarios y reflexiones sobre las consecuencias de ejecuciones, muertes y desaparecimientos
EL TRAUMA HUMANO
Comentarios y reflexiones sobre las consecuencias de
ejecuciones, muertes y desaparecimientos
http://www.derechos.org/nizkor/chile/libros/blanco/cap7.html
Tal vez los contenidos de este capítulo no tienen aún término. Desde los momentos mismos que iniciamos este trabajo, hace ya más de un año y hasta el día de hoy, "las verdades", o tal vez "las mentiras" sobre los hechos que nos ocupan siguen produciéndose, algunas a medias, otras incompletas o trastocadas.
Una y otra vez hemos confrontado datos, comprobado antecedentes, buscado y analizado querellas, prensa, certificados de muerte, en los casos de asesinatos y revisado las confusas explicaciones que se han dado sobre los desaparecimientos.
Al terminar los tres capítulos anteriores, habíamos concluido que, de las personas que llegaron el día 11 de septiembre de 1973 a los alrededores de La Moneda; los que fueron trasladados a la Posta Central heridos y el grupo que fue conducido al Tacna luego de su detención, diecinueve fueron ejecutados y diecisiete permanecían hasta el 6 de enero del 2001 como desaparecidos.
Cuando esta investigación estaba por terminar fuimos, una vez más, brutalmente sorprendidos. El día 7 de enero del año 2001, en el Informe entregado por la Mesa de Diálogo al Presidente de la República, se afirma que las trece personas conducidas desde el Palacio Presidencial al Regimiento Tacna -y que hasta ahora se encontraban en la categoría de desaparecidos- fueron lanzadas al mar frente al puerto de San Antonio, a 40 millas de la costa, el día 13 de septiembre de 1973, es decir dos días después de su detención. Ellos son Jaime Barrios Meza, Daniel Escobar Cruz; Enrique Huerta Corvalán; Claudio Jimeno Grendi, Jorge Klein Pipper y Arsenio Poupin Oissel, Oscar Reinaldo Lagos Ríos; Juan José Montiglio Jara; Julio Hernán Moreno Pulgar; Jorge Orrego González, Julio Tapia Martínez; Oscar Valladares Caroca y Juan Alejandro Vargas. Lo más increíble de esta revelación es que las Fuerzas Armadas entregan esta información, en la mayoría de los casos, en forma condicional, al decir, "posiblemente, probablemente lanzados al mar".
Este Informe agrega además los nombres de dos personas que al igual que los anteriores tenían un destino final desconocido, Domingo Blanco Tarros y Pedro Carees Portigliatti, que como se recordará habían sido detenidos en los alrededores de La Moneda. El Informe dice de ellos que el día 13 de septiembre, al igual que los anteriores, habrían sido lanzados al mar, frente a las costas de San Antonio. Es decir, existe una indiscutible contradicción entre lo informado por la Mesa de Diálogo y el Certificado que acredita que Blanco Tarrés estaba vivo, por lo menos hasta esa fecha. Su hija se pregunta, una y otra vez, ¿Cuál es el verdadero destino de mi padre? ¿Qué pasó con él?
De Osvaldo del Carmen Ramos Rivera quién fuera trasladado herido a la Posta Central desde el Palacio de La Moneda, se informa que su destino final fue el Servicio Médico Legal el día 28 de septiembre de 1973, es decir, el mismo día en que él fue raptado cuando era trasladado desde la Posta Central al Hospital de la Penitenciaría.
Por tanto, de las diecisiete personas detenidas y que estaban en la calidad de desaparecidas en los tres hechos represivos descritos anteriormente, (Posta Central, Regimiento Tacna e Intendencia) luego del Informe de las Fuerzas Armadas, sólo queda uno de ellos en calidad de desaparecido: se trata de Antonio Aguirre Vásquez. Tal vez él no está en ninguna lista, ni en ningún lugar, porque en la historia de su vida y desaparecimiento, como lo relatamos anteriormente, se develan las mentiras de un actual Senador de la República Sergio Diez, lo que explicaría que los que elaboraron las listas e Informes entregados por la Mesa de Diálogo no podían incluirlo entre los que fueron lanzados al mar.
¿ESTO ES ASI?
Hemos vuelto a reconstituir sus historias de vida, penetrar en la increíble realidad de no estar en ningún lugar, en ningún tiempo, en ningún relato, en ninguna historia, ni dicha, ni menos imaginable. Si los lanzaron al mar, esta acción sería difícil de comprender, pues significaría que sólo a dos días del golpe de Estado, los Fuerzas Armadas y Carabineros, ya contaban con helicópteros o barcos preparados para cumplir esta tarea y con numeroso personal adiestrado para cometer este crimen.
Nos corresponde, por tanto, al fin de estos tres capítulos y con estos nuevos antecedentes entregados por las propias Fuerzas Armadas, aportar al conocimiento público, el significado y especialmente, las consecuencias que estos crímenes tuvieron y siguen teniendo.
Consideramos que el crimen es históricamente todo acto humano no aceptado legal ni moralmente, prohibido, censurado, castigado. Su significado está en el imaginario social, en el subconsciente colectivo, en los patrones culturales de un pueblo. El crimen de lesa humanidad no es en modo alguno, un crimen cualquiera, del mismo modo que las amnistías de ellos no son equiparables a otra suerte de amnistías. Porque ese crimen se perpetra expresamente ideado y planificado por un sistema, por un poder, tiene sus códigos, sus técnicas, sus lugares, sus responsables, que usan la violencia transformada en agresión lúcida y consciente. Utiliza la razón para destruir. Se trata de una violencia máxima, ejecutada en forma brutal para que ella se difunda desde el cuerpo individual al cuerpo social. Se trata de paralizar, de someter mediante el terror.
En estos crímenes se concretó un vínculo humano destructor, una bipolaridad entre víctima y victimario. En estas acciones se produjo una conjunción humana perversa, indisoluble, que persistió en el tiempo. Las personas que lo sufrieron y sobrevivieron y que fueron testigos de lo que sucedía en el Regimiento Tacna, nos relataron que ellos estaban absolutamente inermes, indefensos, impotentes frente al militar que tenía todo el poder y la fuerza para avasallarlos y destruirlos en su naturaleza única e indivisible que los constituye como persona. De ahí su nombre, crimen contra la humanidad, porque es la esencia de la persona misma la que se destruye o de lesa humanidad en lengua castellana, es decir, los seres humanos agraviados, lastimados, ofendidos.
Para aclarar estos conceptos, es necesario retroceder en el tiempo. Recordemos que a pesar que la violencia, los crímenes, la agresión intra especifica en los seres humanos se registran desde los inicios de la historia de la humanidad, fue sólo después del genocidio de la Segunda Guerra Mundial --en el Siglo XX -- que se inicia la elaboración de los conceptos contemporáneos de los Derechos Humanos. El primer instrumento que se elaboró con tal fin fue la Carta de las Naciones Unidas. En ella se establece la creación de la Comisión de Derechos Humanos. Previamente, el Tribunal Militar internacional, establecido en la ciudad de Nuremberg, definió por primera vez en la historia, tres categorías de crímenes que debían ser juzgados, por el Derecho Internacional: crímenes contraía Paz; crímenes de Guerra; y crímenes contra la Humanidad.
En Chile no hubo guerra; no fue ni siquiera una situación bélica. Pues en las guerras, los enemigos son beligerantes, es decir, guerreros y tienen igual derecho de recurrir a la fuerza. En el asalto a La Moneda no sólo no hubo combate, sino que se produjo una desigualdad humana en la que la violencia y la muerte venía de uno sólo de los dos bandos en pugna, una guerra unidireccional, es decir, era el poder militar el que la definía.
Y luego de conocer y analizar los antecedentes sobre la gestación y realización del golpe de Estado, nos preguntamos ¿No se cometió, aquí en Chile, además, un crimen contra la paz?, pues de acuerdo a su definición "Ellos se realizan cuando en tiempo de Paz existe premeditación, preparación, iniciativa y ejecución de guerras de agresión y de agresión interna que representan una violación de los tratados internacionales". Pudiera ser, pero los que sin apelación se instalaron en Chile desde el 11 de septiembre de 1973 fueron los así llamados crímenes de lesa humanidad.
Treinta y seis chilenos todos hombres, el mayor de 48 años y el menor de apenas 19 años cumplidos, fueron torturados, ejecutados o hecho desaparecer luego de su detención.
No incluiremos en este desgarrador universo de personas al Presidente Salvador Allende ni al periodista Augusto Olivares quienes, voluntariamente, en plena conciencia de sus decisiones y como último gesto de libertad sobre la elección de su destino- eligieron su muerte, en este caso, el suicidio, frente a la "masacre" humana que se avecinaba y que se expresaba en el primer hecho de "Terrorismo de Estado": el bombardeo de La Moneda.
El Terrorismo de Estado definido como "aquel que dispone del monopolio de la violencia, que sustituye el orden, la regla, la historia institucional a su arbitrio desembarazándose de cualquier limitación legal para aplicar la violencia en forma planificada y eficaz, como arma de opresión". Eso es lo que se vivió: desde la intimidación hasta la guerra psicológica, desde la persecución hasta la muerte y desaparecimiento, desde la detención, prisión y tortura hasta la desintegración y demolición de la persona; desde la persecución hasta el exilio masivo; desde las dudas sobre la verdad de lo ocurrido hasta una impunidad absoluta (1).
Mientras estos treinta y seis compatriotas enfrentaban su destino, una muerte inexorable, una catástrofe humana, en el sentido fuerte del término, una catástrofe íntima y singular con la presencia inminente de la tortura y la inevitable demolición o destrucción de su existencia, en el resto del país se instalaba junto al terror en toda la población, una situación que, tiempo después, describimos como amedrentamiento colectivo, diferenciándolo de otras sinonimias, miedo generalizado, angustia colectiva, usados por otros autores; porque en la palabra amedrentamiento se sintetiza un doble significado. Por un lado, las acciones de violencia y, por otro, el resultado de un proceso intencional dirigido a provocar un estado de ánimo, en este caso, colectivo, de miedo, con el objeto de inmovilizar, silenciar, someter, para transformar finalmente a las personas en alguien que medra, que pide, que implora, que ruega al poder alguna forma de protección (2).
DE AHÍ TAL VEZ EL SILENCIO
Vale la pena recordar, además, que el 12 de Septiembre, a horas del bombardeo, la Junta que asumió el poder luego de la demolición de la Moneda y de la institucionalidad del país, dictó el decreto de Ley Nº 5 que determinó la existencia de un estado de guerra, sin advertir que, al dictar este decreto, -por lo demás mentiroso- estaban obligados a respetar los Convenios de Ginebra, ratificados por Chile en 1951, los cuales prohíben la tortura a los prisioneros de guerra y, además, califican estos delitos como inamnistiables e imprescriptibles.
Circunscritos los actos cometidos y las situaciones vividas desde antes, durante y después del bombardeo de la Moneda, volvamos a la historia íntima y final de estas treinta y seis compatriotas.
Recordemos que el Informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación había clasificado a todos los trasladados al Regimiento Tacna como detenidos desaparecidos.
Esa verdad, ese dato, esa dramática realidad no fue así y, sin embargo, para los familiares de las víctimas durante más de veinte años, fueron padres, esposas, hijos de uno más de los miles de detenidos desaparecidos de este país.
Retrocedamos en el tiempo y en las historias de estos diecinueve ejecutados. Sólo dos familias; se enteraron por informaciones de personas y voces anónimas que los cuerpos sin vida de sus hijos se encontraban, a menos de una semana de su secuestro, en el Instituto Médico Legal. Se trata de Enrique Ropert Contreras y Mario Jorquera Leyton. Los buscaron, como relatamos, entre cientos de cadáveres tirados en los suelos de la morgue. Finalmente los encontraron desnudos con sus cuerpos destrozados por las balas.
Sólo esas dos familias, de los diecinueve ejecutados, pudieron enterrar a su ser querido cumpliendo con esa ceremonia funeraria, práctica realizada por todos los pueblos en todas las épocas, desde las más ancestrales, para conjurar el sufrimiento y lo desconocido: la muerte, sin embargo ¿podrían haber iniciado esas dos familias un proceso de duelo o trabajo de duelo, como lo denominó Sigmund Freud hace más de un siglo? Sin lugar a dudas, no. Más aún, cuando una madre, no supo ni de la muerte de su hijo, ni de su entierro, cuando ella misma debió ocultarse por meses para sobrevivir. Nos referimos a Miria Contreras Bell, madre de Enrique Ropert Contreras.
Si la muerte es de por sí inimaginable e irrepresentable, la muerte de esos dos muchachos, no fue ni será nunca, aceptable ni menos concebible. A sus familiares les ha sido difícil realizar el tránsito desde ese cuerpo agredido y destrozado por las balas, al recuerdo, a la reminiscencia de lo que eran en vida. No han podido incorporar esa realidad exterior siniestra al interior de sus vidas.
De modo que ese proceso de duelo, que consiste en retirar el amor, la libido del ser perdido y re-instarlo vivo, presente, en un nuevo contexto imaginario, está suspendido en el tiempo y tal vez sólo pueda esbozarse al saber quién dio la orden de matar, quién la ejecutó y por qué, sin explicación ni motivo alguno, destrozaron sus vidas. Mientras tanto, el duelo que debe cumplir una misión psíquica, profunda, -consistente en establecer una separación entre los muertos, por un lado, y los recuerdos y las esperanzas de los sobrevivientes, por otro- está detenido, no ha podido realizarse por la magnitud del crimen cometido, ni siquiera ha aliviado el dolor que persiste como en una herida psíquica por siempre abierta.
Hablamos y escribimos desde las profundidades del trauma vivido, y, por lo mismo, estamos obligados a decir y volver a decir las cosas, a relatar vidas, a penetrar en lo hasta ahora insondable del destino: la muerte, la tortura, el desaparecimiento, aunque al lector ello le parezca reiterativo.
Aberrante es la historia de un tercer caso de este grupo de ejecutados. Nos referimos a José Belisario Carreño Calderón, relatado en el capítulo "Intendencia". Había desaparecido, no estaban en ningún lugar. Por un simple pero, sin duda, brutal trámite su cuerpo había sido enterrado, ¿dónde? La familia tampoco lo supo. No la informaron. De modo que las preguntas reiterativas de si, en verdad, había sido asesinado o estaba aún con vida, las acosarían por más de veinte años.
Con estos casos se inicia lo que el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación relató sobre las miles de ejecuciones practicadas tras el golpe de Estado. Recordemos sus palabras. "Esta Comisión conoció de casos de ejecuciones practicadas en cumplimiento de una sentencia de muerte dictada previamente o que se dijo se había dictado previamente por un Consejo de Guerra. La Comisión considera estas ejecuciones violaciones de derechos humanos, sin entrar a pronunciarse sobre el problema más general de la legitimidad de la pena de muerte, por cuanto faltaron en estos procesos, cuando efectivamente los hubo, las garantías mínimas de un juicio justo.
También examinó esta Comisión diversas modalidades de ejecuciones al margen de todo proceso. Estas se conocen técnicamente en el lenguaje de las organizaciones internacionales, como ejecuciones extrajudiciales o extralegales.
Entre este tipo de ejecuciones, fue frecuente, durante los meses posteriores, al 11 de septiembre de 1973, el empleo de la llamada "ley de fuga". Las explicaciones oficiales más socorridas entregadas en estos casos, sostenían que los uniformados dispararon contra prisioneros que intentaban fugarse y que no acataron la intimidación del Alto, resultado de lo cual fueron muertos.
Aunque estas explicaciones hubieran sido verosímiles, no se habría justificado que se disparara a matar a quienes se habría podido someter de otro modo. Sin embargo, la Comisión encontró que estas explicaciones eran inverosímiles, en todos los casos de la llamada "ley de fuga", que examinó y lo estimó por lo tanto, como ejecuciones al margen de todo proceso que se pretendiera justificar con una falsa justificación de fuga. En algunos casos aislados, que se narran más adelante, las circunstancias son parcialmente diferentes, pero sin alterar el carácter ilícito de la muerte inferida por la autoridad.
La Comisión también conoció numerosos casos de ejecuciones que no se pretendieron justificar mediante ninguna explicación. Algunas de estas se practicaron en contra de víctimas que estaban físicamente en poder de sus captores." (3)
Sin duda algunos civiles y algunos militares tejieron la trama del poder que habían logrado tras un acto de destrucción, pues lo que sucedió desde ese día en adelante no fueron de ninguna manera actos sin control, sin orden y como eufemísticamente y perseverantemente se han definido como "excesos". Todo tuvo una lógica, todo fue pensado, ordenado y ejecutado. Pues en estas acciones, no sólo actuó personal de las fuerzas armadas sino civiles e instituciones del Estado.
Continuemos con el análisis de lo que sucedió con las demás personas que a través del tiempo y de los años fueron adquiriendo la categoría de ejecutados políticos y no de desaparecidos. ¿Qué pasó con los otros cinco jóvenes detenidos en los alrededores de La Moneda y que fueron conducidos a la Intendencia y luego a la Sexta Comisaría? Todos fueron reconocidos por sus huellas digitales por el Servicio de Identificación del Registro Civil.
Sin embargo, permanecieron como detenidos desaparecidos por más de veinte años.
¿Se montó de este modo en Chile, a horas del golpe de Estado, una maquinaria para matar y hacer desaparecer cuerpos? ¿Se creó una complicidad entre fuerzas armadas, civiles e instituciones del Estado para que en este engranaje nadie se sintiera verdaderamente responsable? Existió, sin duda, desde los primeros momentos, una estructura con una jerarquía, pero para quienes actuaban esa superioridad era muy vaga, sin nombre ni apellido, y hasta el día de hoy no conocemos en detalle su organización, es decir, ¿quién ordenó, quién ejecutó, quién ocultó?
Muchos chilenos, durante todos estos años, una y otra vez, hemos pensado y nos hemos preguntado, ¿qué sucedió?, ¿qué pasó al interior de ellos?, ¿por qué y cómo aviadores, soldados, marinos preparados para defender el honor del país, se transformaron de un día para otro en asesinos, ocultadores de cuerpos, engañadores, mentirosos, ejecutores, cavadores de fosas o expertos en el método de lanzar cuerpos al mar?
En la parte segunda de este libro, donde se entregan los nombres de los que actuaron ese día, el lector podrá unir los antecedentes correspondientes y al reflexionar sobre ello, si lo hace, pueda ser que encuentre alguna respuesta. Acaso los juristas, a través de los años, encontrarán la verdad y harán Justicia. Así esperamos.
Analizando los antecedentes obtenidos en esta investigación sobre las once personas que fueron declaradas como desaparecidas desde el Regimiento Tacna, a los pocos días de haber sido detenidos en La Moneda y que, con el correr de los años, fueron identificadas, después de que sus cadáveres fueron recuperados desde el Patio Nº 29.
El asombro o, mejor dicho, el estupor, es mayor al revisar sus antecedentes en el Instituto Médico Legal. En los casos de Daniel Urrutia Molina y Sergio Contreras Contreras. El Protocolo de Autopsia de 1973 no fue hallado. De modo, que no se sabe ni dónde, ni cuándo encontraron sus cuerpos ni tampoco se sabe el cómo y cuándo fueron sepultados en el Patio Nº 29. Sólo sabemos, ahora, que sus restos surgieron de la tierra en el Patio Nº 29, el año 2000, y que fueron identificados por los médicos forenses del Instituto Médico Legal.
Los nueve restantes, como lo describimos en el capítulo correspondiente, fueron encontrados entre el 18 de septiembre y los primeros días de octubre, muertos, acribillados a balazos en diversos lugares de la ciudad de Santiago.
Los cuerpos de todos ellos fueron llevados al Instituto Médico Legal, en donde se les practicó la autopsia correspondiente. Se les tomaron las huellas digitales. Sin embargo, el Gabinete de Identificación no los reconoció y respondió "Ficha en blanco" o "No se identifica".
¿Quién de este aparato de ejecución y desaparecimiento, dio la orden de no reconocer? ¿Qué médico legista fue capaz de ignorar el cuerpo, la cara, los rasgos de sus colegas, Enrique París Roa y Eduardo Paredes Barrientos, cuyos rostros eran conocidos por todo el país? Ellos eran personas públicas y numerosas veces fueron entrevistados en la televisión y sus fotos reproducidas en los diarios.
¿Y cómo sigue esta historia descrita de muertes, de desaparecimientos entremezclados con los sentimientos y comportamientos más oscuros y perversos que han provocado heridas psíquicas profundas?
Estamos hablando de crímenes y aunque "la cicatriz sea de buena textura" ella permanece indeleble en las personas y en la sociedad por años.
Como ya dijimos al iniciar este capítulo en el Informe entregado por el presidente Ricardo Lagos, las personas que permanecieron en la categoría de detenidos desaparecidos que hemos nombrados, luego de ser trasladas al Regimiento Tacna fueron o habrían sido lanzadas al mar.
No obstante todas las falencias que, sin duda, contiene este Informe, tiene un mérito: desde el día 11 de septiembre de 1973, por primera vez en la historia de Chile, las Fuerzas Armadas se reconocen como responsables de crímenes. Reconocimiento que significa la violación del honor militar, de las leyes de la guerra y de las Convenciones Internacionales que rigen los crímenes contra la humanidad.
Pero la reconstrucción de una verdad integral es difícil y a veces tortuosa. Así el día 12 de marzo de 2001, el Obispo de Talca Monseñor Carlos González entregó al Ministro del Interior, señor José Miguel Insulza, nuevos antecedentes sobre las personas detenidas desaparecidas en el Regimiento Tacna: "fueron fusiladas el 13 de septiembre de 1973 por soldados del regimiento Tacna y después de tres años, sus cadáveres fueron retirados desde una noria, en la que fueron enterrados, para ser lanzados al mar en 1976". Nuevas contradicciones, confusiones o mentiras, pues en el Informe de la Mesa de Diálogo se afirma que la fecha del lanzamiento al mar fue el día 13 de septiembre. ¿Qué ha pasado con los familiares a quiénes el gobierno de Chile les informó que sus hijos-padres o esposos habrían sido lanzados al mar? Sin duda, este es un nuevo desaparecimiento. Ahora definitivo. La muerte es imposible de comprobar. La duda, el desconcierto, la incredulidad y el dolor persistirán para siempre.
¿Por qué apareció en Chile, en pleno mes de Septiembre, de alegría, lo contrario, lo inverso, lo perverso? "La desaparición "una alusión literal", una persona que súbitamente desaparece, se esfuma y aunque puede existir constancia de que fue detenido, no se puede dejar constancia de su destino ulterior. No se dejan señas de su vida, tampoco de su muerte, ni menos de su entierro. "No hay cuerpo de las víctimas", como tampoco hay del delito. No hay cuerpo que testimonie de algún hecho, no hay lugar ni tiempo que contenga la vida. El está oculto y negado" (4).
Pero si no hay una historia más difícil de reconstruir y de contar que esta de los crímenes contra la humanidad, hablar sobre las consecuencias de ellos es un tema aún más complejo y profundo, ya que la violación de los derechos humanos compromete no sólo la trama existencial de un individuo, de una familia, sino también la vida y la historia de una sociedad, de un país, porque el estudio y el análisis de las consecuencias de estos actos, si bien nos han mostrado una clínica de la subjetividad destrozada, -que ha comprometido en lo individual, el sistema biopsicosocial de una persona- es también un trastorno de la interacción de la intersubjetividad, donde es necesario incluir desde un inicio "al otro", en este caso al represor y su sistema. Pero indudablemente es, también, una clínica de la transubjetividad, ya que los crímenes con el tiempo, como lo vemos hoy día, casi treinta años después de acontecidos, abandonaron sus espacios ocultos, sus tiempos detenidos y transcurrirán en todas la dimensiones del ser humano, del país y sus habitantes, permaneciendo para siempre como una lacra en el imaginario colectivo de Chile, país que los vivió y que, de algún modo, aunque intentó olvidar, reiteradamente aparecen en los recuerdos, en la historia sumergida, en la memoria.
Como hemos dicho, "los historiadores, los políticos, los periodistas, escribirán e interpretarán lo sucedido en Chile desde el 11 de septiembre de 1973; nosotros lo hacemos desde la realidad de lo sucedido, relatado y vivenciado por las personas mismas que han vivido este trauma humano y/o por los grupos de trabajo que han tratado de intervenir en estos hechos, con el objeto de superarlos a través del establecimiento de la verdad y la justicia" (5).
Esta investigación pretende ser un aporte desde la historiografía humana del trauma a la construcción de una memoria colectiva común, basada en la verdad de lo acontecido, que es lo único que permitirá reconstruir un proceso de identificación individual y social con el país, con las personas, con la sociedad.
Se nos ha hecho evidente, en el curso de esta investigación, que para alcanzar una memoria colectiva existen un sinnúmero de impedimentos: desde las personas mismas, desde la sociedad, y sobre todo desde el poder, tanto en épocas dictatoriales como en período de transición a la democracia, donde reina la impunidad, el olvido, enemigo irrenunciable de la memoria.
La memoria basada en la realidad, en una verdad integral, certera y objetiva es la que estamos tratando de construir y reconstruir permanentemente para enriquecer la capacidad predictiva, es decir, deducir lo que puede pasar, analizar lo que se observa, decir o prevenir los hechos, o al menos sacar conclusiones que ayuden a construir un futuro. La función predictiva es por tanto, de vital importancia para todo ser humano, pues sólo teniendo la información, el recuerdo, el registro y codificación de los hechos se puede pensar y construir el futuro, y, así, lograr un nunca más.
La memoria forma parte fundamental de la vida psíquica. Ella se constituye como un todo, en base a las demás funciones mentales pero, a su vez, la inteligencia, el pensamiento, la cons-ciencia, la afectividad son interdependientes, y, cada una, con el soporte de la memoria y el lenguaje, supone y comportan a las demás. Todas ellas se forman y se intercambian en el proceso del saber y del conocer, pues el cerebro no es solamente parte de una estructura biológica, sino también parte de una estructura social.
"Sabiendo que toda la información está en las personas, en lo que ellas han vivido y que todas las verdades; la verdad histórica, social y jurídica, tienen como base a la persona protagonista de los hechos y a los testigos, existen sólo dos alternativas: hablar o callar, o silenciar" (6). Al trabajar con las consecuencias de estos crímenes nosotros hemos decidido hablar.
Debemos profundizar en lo sucedido y relatado una y otra vez, y, con el recuerdo y las ideas, construir el pensamiento. El nace de los sucesos, en este caso de la experiencia vivida, que debe quedar ligado a él, como única forma para orientarnos en el futuro y saber verdaderamente prevenirlo.
¿Qué significa en términos médicos trauma? ¿Qué significan los traumas producidos por el hombre, a través de la violencia humana? "La palabra trauma, proviene del griego y significa herida, ruptura". Ella fue tomada por la medicina de la cirugía, de la patología quirúrgica. Nosotros la utilizamos para circunscribir las consecuencias de estos crímenes por la herida psíquica o mental que ellos han provocado. ¿Qué significa en la historia interna y social vivir crímenes contra la humanidad? Indudablemente, las respuestas a estas preguntas apela a todas las ciencias, especialmente las humanas. Nosotros esbozaremos las respuestas desde nuestro ámbito: trabajadores e investigadores en el campo de los derechos humanos y sus violaciones y como profesionales que intentan tratar las consecuencias de los crímenes.
Sin lugar a dudas, lo que vivió todo Chile y, más específicamente, los partidarios del Gobierno de Salvador Allende, las personas que vivieron el bombardeo y el asalto a La Moneda, sus familias y amigos más cercanos, fue una situación límite o extrema, descrita en 1913 por el psicopatólogo y filósofo alemán Kari Jaspers., "como una situación que tiene un carácter inevitable e incomprensible, una duración incierta, un peligro permanente y que provoca una sensación de impotencia total de la persona frente a ella". Esta situación provocó un traumatismo psíquico, es decir, el encuentro brutal entre una situación exterior de peligro extremo -- como la descrita en capítulos anteriores -- y la interioridad de una persona.
El trauma fue provocado por la violencia humana, conscientemente planificada, de modo que la significación más profunda y particular nace de los innumerables mecanismos psicopatológicos que se desencadenaron a través de las múltiples y dolorosas vivencias de miedo, de muerte que se movilizaron frente a una realidad ineludible, en que el principio de la realidad estaba distorsionado, amenazante y era irrepresentable. No existía experiencia previa para enfrentar esta agresión, esta destrucción. Las personas y la sociedad toda fueron conducidas a lo inimaginable, a la confusión, a la ambivalencia, a la incredulidad y a veces al delirio.
Para el estudio de las consecuencias hemos usado un modelo que denominamos de "Salud Mental y de Derechos Humanos". Las tesis se apoyan, por tanto, en las respectivas Convenciones y Declaraciones sobre ejecuciones sumarias, tortura, desaparición forzada de personas, así como también, en los Informes de los Relatores Especiales sobre Impunidad y Reparación.
Desgraciadamente, estos Principios, Declaraciones o Convenciones fueron proclamadas años después que los crímenes habían sido cometidos en Chile. Pero, sin duda, fue lo vivido no sólo en Chile sino en toda Latinoamérica y en otras partes del mundo, haciendo del Siglo XX el más dramático en cuanto a la agresión humana, lo que llevó a elaborar estos instrumentos de derecho internacional. Al leer sus contenidos se hace evidente en qué forma y de qué manera estos principios no fueron respetados y ni siquiera han sido aceptados hasta el día de hoy, al menos para pedir perdón.
Nos parece importante darlos a conocer para asumirlos e internalizarlos. Mencionaremos primero los relativos a una eficaz prevención e investigación de las ejecuciones extralegales, arbitrarias o sumarias, recomendadas por el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, en su resolución de 1985/65 del 24 de mayo de 1989, en él se señala: "los gobiernos prohibirán por ley todas las ejecuciones extralegales, arbitrarias o sumarias y velarán porque todas esas ejecuciones se tipifiquen como delitos en su derecho penal y sean sancionables con penas adecuadas que tengan en cuenta la gravedad de tales delitos. No podrán invocarse para justificar esas ejecuciones, circunstancias excepcionales, como por ejemplo, el estado de guerra o de riesgo de guerra, la inestabilidad política interna ni ninguna circunstancia, ni siquiera en situaciones de conflicto armado interno, abusos o uso ilegal de la fuerza por parte de un funcionario público o de otra persona que actúa con carácter oficial o de una o de una persona que obre a instigación o con el consentimiento o la aquiescencia de aquella, ni tampoco en situaciones en las que la muerte se produzca en prisión. Esta prohibición prevalecerá sobre los decretos promulgados por la autoridad ejecutiva.
Con el fin de evitar las ejecuciones extrajudiciales, arbitrarias o sumarias, los gobiernos garantizarán un control estricto, con una jerarquía de mando claramente determinada, de todos los funcionarios responsables de la captura, detención, arresto, custodia y encarcelamiento, así como de todos los funcionarios autorizados por la ley para usar la fuerza y las armas de fuego.
Los gobiernos prohibirán a los funcionarios superiores o autoridades públicas que den órdenes en que se autoricen o inciten a otras personas a llevar a cabo cualquier ejecución extralegal, arbitraria o sumaria. Toda persona tendrá el derecho y el deber de negarse a cumplir esas órdenes. En la formación de esos funcionarios encargados de hacer cumplir la ley deberá hacerse hincapié en las disposiciones expuestas.
Se garantizará una protección eficaz, judicial o de otro tipo a los particulares y grupos que estén en peligro de ejecución extralegal, arbitraria o sumaria, en particular a aquellos que reciban amenaza de muerte".
Ninguno de estos principios universales se respetaron.
Recordemos además algunas aseveraciones dadas en las Declaraciones y en el anteproyecto de la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra la Desaparición Forzada. En el artículo 2, el cual transcribimos íntegramente, se entrega el concepto de Desaparición Forzada de Personas: "Se considera D. E P. la privación de la libertad de una o más personas, cualquiera sea su forma, cometida por agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúen con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la falta de información o de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o de informar sobre el paradero de la persona, con lo cual se impide el ejercicio de los recursos legales y de las garantías procesales pertinentes". Y en el Artículo 4, se señala "Los Estados partes se comprometen a: No practicar o tolerar la Desaparición Forzada. Investigar inmediata y rápidamente, toda denuncia de Desaparición Forzada e informar a la familia de las personas desaparecidas sobre el destino y el paradero de ésta y reparar pronta y adecuadamente los daños causados a las víctimas de un Detenido Desaparecido, descritos en el artículo 24 de esta Convención", el cual dice textualmente "A los efectos de la presente Convención se entenderá por víctima del delito de Desaparición Forzada a la persona desaparecida, sus parientes próximos y toda persona a cargo de la persona desaparecida y que tenga relación inmediata con ella, así como cualquiera que haya sufrido daños al intervenir para evitar su desaparición forzada o para elucidar su destino o paradero".
De modo que esta violación de derechos humanos, además de ser un crimen en sí mismo, constituye un doble mecanismo de tortura: tortura física y mental para el que fue detenido ese 11 de septiembre de 1973, luego ejecutado o hecho desaparecer y tortura psicológica para su familia nuclear y extensa, su grupo o etnia de pertenencia y, con el tiempo, un trauma para todo el país.
Si el gobierno de Chile asumiera lo que se lee en el preámbulo de la Declaración Americana sobre Desaparición Forzada de Personas, a saber "Que la desaparición Forzada de Personas, constituye una afrenta a la conciencia del hemisferio y una grave ofensa de naturaleza odiosa a la dignidad intrínseca de la persona humana, en contradicción con los principios y propósitos consagrados en la Organización de Estados Americanos". No dejaría de exigir toda la verdad y la máxima justicia.
Recordemos que al encontrar los restos de personas que estuvieron por años desaparecidos, se han evidenciado en ellos innumerables lesiones que demuestran las increíbles torturas físicas a que fueron sometidos antes de su muerte y luego del ocultamiento para siempre de su cuerpo.
En el informe de la autopsia, practicada en el Instituto Médico Legal, del cadáver del doctor Enrique París , desaparecido desde que fue detenido en la Moneda por más de veinte años, se expresa: "La causa de muerte fue heridas múltiples de bala, presentando el cuerpo además zonas semi carbonizadas en la cara, región lumbar, manos y piernas" consignándose, además, que dichas quemaduras "pueden haber sido causadas por un soplete".
Igualmente el informe de la autopsia practicada el 18 de julio de 1995 al cadáver del doctor Eduardo Paredes, informa que "la causa de muerte fue un traumatismo de cráneo, tórax y pelvis por balas. Traumatismo Torácico y de extremidades superiores e inferiores por golpes. Traumatismo generalizado por acción del fuego. Lesiones de tipo homicida" .
Iguales o parecidos antecedentes se encuentran en los Protocolos de Autopsia de todos los demás: los torturaron antes de matarlos. ¿Quiénes? ¿Por qué? ¿Qué desmesura humana permitió tales brutales e indignos comportamientos?
Los familiares de estos detenidos desaparecidos así como los de los cientos de desaparecidos que existen en Chile, sufren hasta el presente por ser "la desaparición un crimen de delito continuado, que sólo puede resolverse cuando se esclarece la suerte que han corrido las víctimas" una tortura psicológica permanente. Ahora, según dicen fueron fusilados, ocultados en una noria y luego lanzados al mar. ¿Cuándo en verdad? ¿El año 1973, como se informa en la Mesa de Diálogo, o en 1976 como hace saber un Obispo?
Ellos, los responsables, siguen ausentes y por esto mismo la herida, se instala en todas las funciones mentales y, muy especialmente en la representación o imagen mental, así como en el tiempo psíquico, alterando la existencia, las experiencias y los comportamientos de los familiares, de la sociedad.
Para algunas familias el responsable de crimen ausente puede ser simbolizado en una sola persona, pero resulta que, al haber sido la desaparición forzada una política institucional, este personaje tiene múltiples representaciones mentales, de acuerdo a la realidad o a la fantasía del familiar:
Los que dieron las órdenes.
Los que los detuvieron, raptaron o secuestraron.
Los que los mantuvieron detenidos.
Los que los torturaron en esos recintos militares.
Los que determinaron su muerte y ulterior desaparición.
Los que lo trasladaron al lugar donde escondieron sus cuerpos.
Los que ejecutaron las maniobras para hacerlos desaparecer.
Los que negaron, niegan, ocultan, mienten, tergiversan la verdad.
Los que defienden la impunidad de estos crímenes. (7)
De todos ellos, sólo estas dos últimas categorías tienen rostro, lenguaje y comportamiento visible.
Esos múltiples personajes están ausentes de la realidad, del conocimiento objetivo. No tienen figura ni rostro, sin embargo en el mundo de los familiares, hijos, padres, hermanos, siguen adquiriendo en la fantasía o en el sueño distintos rostros o comportamientos, la mayor parte de las veces, siniestro. Todo ello ha producido y sigue produciendo hasta la actualidad, dolores y sufrimientos mentales permanentes.
Porque el trauma y los sufrimientos de los familiares de ejecutados cuyo cuerpo no fue entregado o de los desaparecidos, tiene indudablemente, una gravedad difícil de conmensurar. Al no conocer el familiar la verdad de lo ocurrido, verdad que no es solamente la del reconocimiento por parte del Estado de la categoría de ejecutado o detenido desaparecido de su familiar sino, la verdad que se refiere al "derecho a saber" (8), lo que sucedió con él en sus más mínimos detalles, surgen las preguntas perseverantes de ¿qué pasó con él?, ¿cuáles fueron sus últimos momentos, sus últimos pensamientos?, ¿qué le dijeron, qué respondió?, ¿por qué lo mataron?, ¿dónde está? Se repiten una y otra vez, construyéndose en los pensamientos y en la imaginación escenas a menudo macabras, que no tienen respuesta.
Con el ocultamiento, la falta de información, o la negativa a reconocer la privación de libertades, en suma con la impunidad: "el material que el conocimiento incorpora, analiza y sintetiza es erróneo, y por lo tanto, incierto. La verdad no existe y sin ella, no es posible construir un mundo interior estable. La duda, la desconfianza, la incertidumbre llegan a constituir el todo de la vida. El universo de la subjetividad se desestructura y las relaciones humanas se pervierten y se impregnan de temor... Con el desconocimiento y la creación de fantasías siniestras en el proceso del conocimiento predomina la confusión, la historia sumergida, lo oculto, lo incierto. Atentados contra la vida quedan para siempre en el misterio y son siempre indescifrables. Los análisis de la realidad no pueden tener índices claros y objetivos. Los pensamientos, los recuerdos no pueden tener un curso normal sin la verdad y predomina la ambivalencia en los razonamientos".
"Más grave es aún esta inestabilidad y ambivalencia cuando lo desconocido y no resuelto está ligado al problema de la vida y la muerte, a las circunstancias de la muerte, o , lo que es peor a no saber más de la vida, de lo que pudiera haber pasado, como sucede en los pensamientos de los familiares de los desaparecidos. Ellos están cargados de extrañeza, de horror, de fantasías y recuerdos perversos. Cuando los familiares ignoran o dudan lo que aconteció, y sigue pasando, cuando se desconocen los hechos, la situación se vuelve extrema límite. Más peligrosa es esta situación cuando se sabe que otros sí conocen la verdad, pero la niegan, y la ocultan" (9).
Los psicodinamismos alterados se entrelazan con el concepto fundamental de los derechos humanos, cual es el respeto de la dignidad humana. Si bien el concepto de dignidad humana tiene varias lecturas, nosotros, como médicos, la analizamos desde nuestra perspectiva: el estudio del hombre en su totalidad y existencialidad. Ella fundamenta la esencia, lo único, el más de cada uno, en el desarrollo y expresión de las funciones mentales que le dan su propia individualidad.
La tortura psíquica ha representado la extrema crueldad que sobre la víctima, su familia, ha ejercido el Estado, responsable de la desaparición de personas. Esta experiencia deja sin palabras a los familiares para comunicar lo vivido. No existe lenguaje, lo que predomina es el estupor o el silencio.
Aquí el lenguaje tiene una múltiple dificultad: en la comprensión por la persona afectada de lo incomprensible, en la explicación de lo sucedido, en la dificultad de comunicar algo que no se logra verbalizar, que no se puede expresar, ni mucho menos elaborar en términos psicopatológicos. Como lo inconcebible es indescriptible, cuando está ligado al horror, el lenguaje resulta débil, insuficiente, no existen palabras para expresar lo vivido, para nombrar el dolor, los sufrimientos, las penas, las rabias, la impotencia, las culpas. Así lo hemos comprobado en la mayoría de los familiares.
Con el secuestro, la desaparición y la permanente impunidad, el afuera permanece profundamente alterado, la prueba de la realidad no existe en el sistema del conocimiento. De este modo, el campo de la percepción está cargado de agresión y de terror. La muerte es una realidad cierta, todos los estímulos tienen una connotación destructiva.
La psicopatología clásica ha descrito los trastornos de la percepción: ilusiones, alucinaciones, alucinosis, como trastornos provocados en el funcionamiento mismo del cerebro. En las personas que han vivido la violencia-agresión de la detención, tortura, muerte o desaparecimiento de un familiar, los comportamiento de los responsables: de negación, ocultamiento, desprecio, burlas -recuérdese los dichos de Pinochet- han sido descritos como "irreales", "alucinantes", "como vivir un delirio". En estos casos es en el afuera donde se produce el caos brutal, la desestructuración, la anormalidad de la percepción.
De este modo, la percepción y el registro de lo que acontece en el "exterior" están disociadas y son incomprensibles, desde el inicio y en todo el proceso del trauma, transformado en continuo a causa de la impunidad. Toda la información que viene del exterior es tan pronto verídica, pero incomprensible, o comprensible pero irreal. No hay registros cognitivos previos. En la mayoría de las personas que hemos atendido, la representación psíquica de lo experimentado está pervertida, fragmentada, a menudo irreal. La hermana del doctor Eduardo Paredes describe así su sufrimiento:
"Uno despierta cada mañana con la sensación de que había tenido una horrible pesadilla, luego venía el tremendo despertar y ver que esa pesadilla era una horrible realidad" (10).
Por su parte, la memoria presenta trastornos muy particulares. En la mayoría de las personas hemos comprobado que los mecanismos de retención de la memoria parecen haber predominado sobre el olvido, posiblemente por la enorme carga afectiva con que se vivió la muerte o el desaparecimiento.
El desvanecimiento de la huella, de los dolores y sufrimientos vividos, con el paso del tiempo tampoco se produce, ya que aquí el trauma esta ligado al problema, como dijimos, de la vida y la muerte, a la incertidumbre frente al problema esencial de la vida: ante la posibilidad de la muerte, uno de los sufrimientos mas dramáticos de estos familiares, como ya lo dijimos, es el no poder realizar un proceso de duelo normal, viviéndose en estos casos un "duelo suspendido o congelado en el tiempo".
Uno de los hijos del doctor Enrique París, relata: "Días después, cuando nos llamaron para decirnos que desde el punto de vista de ellos la identificación estaba confirmada, sentí que me desgarraba. Era revivir los recuerdos que tenía hasta el año 1973 y constatar, por otro lado, que en ese momento estaba finalizando el duelo. Ahí tomé conciencia que mi duelo había durado veintiún años.
Estos trastornos de la memoria, este recuerdo grabado al infinito es una de las causas de la pérdida del vínculo humano que pervierte el valor primordial de la confianza en el otro.
Por otra parte, el tiempo psíquico no tiene medida; tal vez es lo único que no tiene calendarios, ni horarios, ni años ancestrales. La vivencia del trauma está ahí, nítida, grabada, actual, presente, intocada, con su enorme carga afectiva. El asesinato o el desaparecimiento no tiene tiempo, no tiene antes ni ahora y con la impunidad no tiene tampoco futuro. El registro mnésico, atemporal, unido a la imaginación y al pensamiento, tan pronto recuerda como crea fantasías o fantasmas. La hija del doctor Jorge Klein, escribió en 1998 una carta "Carta a mi padre desaparecido": "Te escribo ahora una carta imposible. Imposible por el simple e inevitable hecho de que estás muerto. No es reciente este hecho, pero sólo en 1994 ha sido dicho por la Ley. Mientras tanto han pasado cosas absurdas, no teníamos nada que certificara tu muerte, ¡Nada! No había fecha, ni circunstancia exacta. Ni cuerpo. Todavía no hay". "Es imposible hablar de la vida después de tu desaparecimiento. Largo tiempo de duelo para construir el vacío entre el término desaparecimiento y el hecho: muerte". Resulta ahora que con el Nº 91, el doctor Georges Klein Pipper aparece en el listado entregado por la Mesa de Diálogo como lanzado al mar el día 13 de septiembre.
Con el trauma vivido y la impunidad, la afectividad que confiere siempre una sensación subjetiva a cada vivencia, ha quedado fijada en el polo negativo de las emociones: el dolor, la tristeza, lo desagradable, la repulsión, la fobia, lo perverso, penetran en los pliegues de la interioridad.
Importante, por último, es señalar que en un gran número de casos de familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos se han encontrado una serie de enfermedades orgánicas y trastornos psicosomáticos, lo que demuestra la enorme fragilidad física e inmunológica que la tortura psíquica les ha provocado con el tiempo. En este aspecto ya existen innumerables trabajos científicos que han comprobado esta íntima relación entre el trauma psíquico y el daño orgánico.
Tenemos la esperanza de que al leer este texto se comprenderá la razón por la que el mundo de los derechos humanos, frente a estos crímenes, no callará ni menos olvidará jamás.
Notas:
1. "Crímenes e Impunidad. La experiencia del trabajo médico, psicológico, social y jurídico en la violación del Derecho de la Vida. Chile 1973-1996". Codepu DIT-T. Serie Verdad y Justicia, Vol. 2, pág. 60.
2. "Persona, Estado, Poder". Vol I., Ediciones Codepu, 1989, pp.125
3. Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, Tomo I.
4. Pilar Calveiro "Poder y desaparición". Ediciones Coligue. SRL. Buenos Aires. Argentina.
5. "Derechos Humanos: sus huellas en el tiempo. Una experiencia de trabajo en Derechos Humanos y Salud Mental en una zona del sur de Chile". Víctor Espinoza, Paz Rojas, María Luisa Ortiz Rojas. Serie Verdad y Justicia. Vol. 8 1999.pag.l7
6. "Persona, Estado, Poder. Estudio sobre Salud Mental". Vol. II, Chile 1990- 1995. Codepu.
7. Pilar Calveiro. Ob.Cit.
8. "Informe Final Revisado acerca de la cuestión de la impunidad de los autores de violaciones de derechos humanos". 1996. Louis Joignet.
9. Paz Rojas, carta dirigida el 9 de julio de 1992, al Relator Especial Contra la Impunidad: Louis Joignet.
10. "Ellos se quedaron con nosotros". R. Maldonado, L. Moya, M. Romero, A. Vega. Colección Septiembre, Editorial LOM, 1999.
Editado electrónicamente por el Equipo Nizkor- Derechos Human Rights el 11sep03
ECO MEMORIA.Plantando arboles en tu Memoria alrededor del Planeta
Ecomemoria junto a Southwark Council de Londres y Trees for Cities desea invitarlos el a la plantacion de nueve arboles en memoria de: Esta actividad tomara lugar en la esquina de St Georges Circus y Lambeth Road, Londres SE1 y comenzará a las 12.00 horas
Posteriormente un acto comemorativo se celebrara a las 3.30pm en Community Hall, 15 Lambeth Walk, Londres SE11
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Las voces de los hijos e hijas de la memoria
Documento - Etapa Final. Cerrando un
círculo para abrir muchos otros
Vie, 1 de Ene, 2016
LAS VOCES DE LOS HIJOS
El proyecto HIJXS DE LA MEMORIA CHILE, ha alcanzado la etapa FINAL de este
prolongado camino recorrido en conjunto, tanto en el espacio virtual como en
las múltiples actividades OFF LINE que nos han encontrado defendiendo los DD
HH. y la Memoria, en una senda inter y multi generacional, construyendo la
memoria nuestra.
Ahora es tiempo de visibilizar la presencia en nuestra sociedad de este sujeto
social que son los descendientes, familiares y sobrevivientes de aquella generación
que a partir de los años setenta dio una lucha por la verdad y Justicia,
demostrando con sus logros en todos los ámbitos donde está inserta,
que no fue derrotada.
La generación de los HIJXS DE LA MEMORIA CHILE, constructores y creadores, de
obras y de ideas, en todos los campos de las artes, las letras, en la academia,
en el ejercicio de sus profesiones y oficios, y en cada actividad personal y
social en que se ha empeñado.
Iniciamos la publicación de estos resultados en un libro que verá la luz en
2016, como trabajo colectivo de todos quienes quieran sumarse con sus trabajos,
en todos los formatos que la tecnología nos permite hoy.
Les ruego a todos visitar http://memoriaspreniadastestimonios-web.blogspot.cl/ y
materializar cuanto nos hemos propuesto entregar COMO TESTIMONIO DE VIDA.
El trabajo y compromiso de todo este
amplio e invisibilizado sector de la sociedad permitirá reconstruir la
fragmentada identidad a un sector hasta hoy sin voz en nuestra sociedad.
Cada testimonio, relato, poema,
cuento, documental, film, fotografía, serigrafía, obra de teatro, canción,
arpillera, artesanía surgida de nuestras manos es un canto a la libertad, a la
memoria, al orgullo y la dignidad de quienes formamos parte de esta historia
invisibilizada para una sociedad que busca y promueve el olvido.
No olvidamos y somos testimonio de
una época que nació en otro siglo y estará vigente mientras las voces de los
hijos y las hijas se escuchen. La lucha continúa.
Adriana Goñi Godoy
Coordinadora proyecto
Hijos e Hijas de la Memoria Chile
569 87981548
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jueves, 11 de junio de 2015
EN EL EXTREMO DEL MUNDO Los sobrevivientes. Prisión y Tortura
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Los sobrevivientes. Prisión y Tortura |
Este Capítulo ha sido elaborado en base de entrevistas realizadas con algunas de las personas que sobrevivieron al ataque a La Moneda, por sus declaraciones judiciales en diversos procesos, por la lectura acuciosa de los libros de Sergio Bitar "Isla 10" y el de Sergio Vuskovic Rojo "Dawson" y de la revisión de numerosas entrevistas dadas a diversos medios de prensa por sobrevivientes de la Isla Dawson, entre ellos la de Maximiliano Marihoz. En algunas oportunidades nos referiremos a las obras citadas al final del texto; en otras, pondremos entre comillas lo expresado por los sobrevivientes.
Nos parece importante empezar este capítulo con el testimonio de uno de los miembros del GAP que logró sobrevivir, pues él nos enfrenta dramáticamente con las innumerables técnicas de tortura que muy temprano se instalaron en Chile.
Se trata de Julio Hernán Soto Céspedes, quién fue uno de los choferes de los tres autos que llegaron con el Presidente Allende a La Moneda esa mañana. Esto es un extracto de la declaración que él realizó en octubre de 1999, ante el Juzgado Central de Instrucción Nº 5 de Madrid:
"El día 11 se septiembre de 1973 conduzco el auto en que viajaba el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, desde su residencia en Tomás Moro hasta el Palacio de la Moneda.
Una vez que llegamos a la Moneda nos dirigimos a los diferentes puntos de trabajo que estaban preasignados: los choferes teníamos que ir al garaje y dejar los coches en posición de salida para posibles emergencias y el resto de los escoltas ubicarse en sus puestos de guardia dentro de la Moneda.
Después de dejar el auto en el garaje (situado frente al edificio de la Moneda), me dirijo a la Moneda para recibir instrucciones e información de lo que estaba ocurriendo.
La información sigue siendo la misma: la Marina es la que está alzada contra el Gobierno de Salvador Allende...o sea, que estamos frente a un golpe militar y asumimos una actitud de defensa del Palacio de la Moneda bajo órdenes directas del Presidente Salvador Allende. Se me da orden de que debo ocupar el Ministerio de Obras Públicas. Esto debía hacerlo con los seis choferes que estábamos en ese momento, más dos compañeros de apoyo que vinieron a ayudarnos.
Nos mantuvimos en esa posición hasta cerca de las tres de la tarde, tiempo durante el cual intentamos impedir que la infantería pudiera tomar el Palacio de la Moneda por asalto. Después del bombardeo aéreo, hubo un ataque de tropas terrestres de infantería que tomaron la Moneda y se produce la salida y la toma de prisioneros.
Nosotros, desde Obras Públicas nos preparamos para tratar de salir de ese Ministerio mezclados con el personal que había en este lugar. Pudimos ver, desde nuestra posición, cómo sacaban a nuestros compañeros en condición de prisioneros e identificar algunos que son trasladados al Regimiento Tacna, entre los cuales se encontraban además Pablo Zepeda; Juan Osses y Hugo García. Estos se encuentran vivos en la actualidad.
Logramos salir mezclados entre el personal. Se nos exigió la entrega del carnet de identidad y se nos obligó a retirarnos por el sector de La Alameda dejándonos en libertad.
Desde ese día hasta el día 29 de septiembre de 1973 me mantuve en la clandestinidad colaborando con el refugio de dirigentes sindicales en la sede de embajadas extranjeras. A causa de esta tarea fui reconocido por personal de Carabineros en la Embajada de México al acompañar a uno de ellos. Fui reconocido debido a que este personal militar era el mismo que prestaba servicio de custodia en la residencia presidencia de la calle Tomás Moro.
Fui trasladado a la 24ª Comisaría de Carabineros, en Las Condes, Santiago. Allí fui sometido a los primeros interrogatorios por oficiales de Carabineros a los que podría llegar a identificar fotográficamente por no recordar los nombres.
Los interrogatorios se basaban en la obtención de información mediante la aplicación de torturas que consistían básicamente en la aplicación de la picana eléctrica o instrumento similar que producía quemaduras en los puntos donde era aplicada. También me produjeron quemaduras por la aplicación de cigarrillos sobre la piel. Con instrumental quirúrgico producían cortes en los laterales del rostro a la altura de las orejas, produciendo levantamiento de la piel y con la amenaza de producir el despellejamiento. Durante la noche del día 29 al 30 de septiembre de 1973, fui sacado de la celda donde estaba preso y trasladado a un patio interior. En dicho lugar se me tapó el rostro con una prenda de vestir y procedió a amarrarme a una pared. Una vez allí dieron instrucciones a lo que yo supuse era una pelotón de fusilamiento. El oficial a cargo dio la orden de fuego. En ese mismo momento recibí un golpe en el estómago y dicho oficial rió a carcajadas.
En el informe policial producto de los interrogatorios fui identificado positivamente como chófer de la presidencia, concretamente de Salvador Allende, y como miembro del GAP.
En la madrugada del día 30 de septiembre soy trasladado al campo concentración que estaba localizado en el Estadio Nacional donde me entregan junto al informe que había realizado el cuerpo de Carabineros en la Comisaría 24.
En el Estadio Nacional soy introducido en uno de los camarines usados como vestuarios por los deportistas. Allí soy interrogado por un grupo de cuatro oficiales que pertenecían a un organismo ad hoc de inteligencia conocido como Coordinación (integrado por los cuerpos de inteligencia del Ejército, Aviación y Carabineros, que fue el embrión de la después conocida DINA). Estos oficiales volvieron a reiterar los interrogatorios y los métodos. En este caso fui colgado por los pies del techo del camarín, con las manos atadas a la espalda con cuerdas y a cara descubierta. En esta posición era golpeado en forma permanente mediante patadas, puñetazos, golpes y simultáneamente golpes de corriente en cualquier lugar del cuerpo.
Este sistema se repetía sin solución de continuidad en todos los cambios de personal que supongo correspondían a los turnos militares. El interrogatorio se basaba explícitamente en tratar de conocer los lugares donde ellos suponían se encontraba almacenado armamento y en tratar de identificar a otros miembros de la custodia presidencial.
En una oportunidad fui sacado de la celda por los soldados de guardia y llevado a los baños donde restregaron mi cara contra los excrementos que allí había, obligándome a ingerirlos a causa de la asfixia. Simultáneamente era golpeado.
Estos métodos fueron aplicados durante aproximadamente una semana. En el período que pasé por este centro de detención el responsable militar del mismo lo identifiqué como el coronel Pedro Espinoza. Debo destacar que los oficiales y otro personal militar no llevaba placas de identificación personal de ningún tipo. Sin embargo llevaban uniforme con los galones con su grado militar a efectos de su propia organización interna".
Como lo hemos dicho, las primeras personas detenidas el día 11 de septiembre de 1973 fueron militares. El primero fue el Almirante Raúl Montero Cornejo, retenido en su domicilio de Santiago desde la medianoche del día 10 de septiembre.
En su libro "El día decisivo" (1) Pinochet relata cómo hizo detener a su ayudante, el comandante Zavala. Fue el segundo militar detenido, siendo el tercero, el general Alberto Bachelet. Seguramente la reconstrucción de la historia entregará más nombres de militares que no aceptaron el golpe y a consecuencia de ello, fueron destituidos, perseguidos, hechos prisioneros y algunos torturados.
El primer civil detenido, fue posiblemente el Ministro de Defensa, Orlando Letelier del Solar quién al ingresar al Ministerio a primeras horas de la mañana fue aprehendido.
Esa mañana del 11 de septiembre de 1973, ciento nueve personas llegaron a La Moneda: funcionarios de gobierno, periodistas y asesores, ministros, médicos, familiares del Presidente Allende , miembros de la Secretaría, miembros de las Fuerzas Armadas, Carabineros, detectives y guardia civil del Presidente (GAP) (2).
En el curso de esa mañana, varias de estas personas abandonaron el Palacio Presidencial por petición expresa del Presidente. Algunos, para seguir acompañándolo desde sus respectivos lugares de trabajo; otros, para cumplir tareas que les permitieran denunciar lo que estaba pasando. Muy significativo es el caso del jurista español Joan Carees, quién no quería abandonar al presidente en esos momentos. Allende le solicitó entonces, que se fuera, que salvara su vida para que "más adelante, él contara lo que había pasado en Chile e informara lo que en esos momentos estaba sucediendo". Ante esta súplica Joan Carees abandonó La Moneda. A través del tiempo, se ha demostrado que él cumplió y sigue cumpliendo lo que Salvador Allende le solicitó.
Sus hijas, Beatriz e Isabel, junto a otras mujeres, entre ellas, Verónica Ahumada, periodista, y Nancy Jullien, esposa de Jaime Barrios Meza, abandonaron el Palacio, cediendo a las exigencias de Allende que, enterado ya del inminente bombardeo de La Moneda, quiso salvar sus vidas.
Los acontecimientos, las palabras, las vivencias, emociones y dolores de las personas que abandonaron La Moneda están registradas en artículos y publicaciones de prensa, en libros, que años después de ese día se escribieron y que en la actualidad se siguen escribiendo (3).
Finalmente desde momentos antes de iniciarse el bombardeo al Palacio Presidencial quedaron junto al Presidente o en otras dependencias al interior de La Moneda un número importante de personas que decidieron permanecer junto a Allende. El inspector Juan Seoane expresó ante la Comisión Rettig "...Una defensa era imposible, había pocas armas, ninguna de ataque, creo que más que un acto de guerra, el permanecer ahí era un acto de dignidad...". Por su parte, en su libro "El día decisivo", Pinochet dice (4):
"...Allende quedó absolutamente solo, con excepción de un pequeño grupo de fanáticos que aceptó ciegamente una lucha para ellos, sin destino".
Después del bombardeo salieron por la puerta de Morandé 80 un grupo de ellos. Al salir a la calle fueron agredidos, obligados a tenderse en el suelo, con las manos en la nuca, amenazados de ser aplastados por un tanque e insultados vilmente. El general Javier Palacios ordenó que los médicos se identificaran y se pusieran de pie. Fueron liberados o enviados a sus casas, algunos con arresto domiciliario, los doctores Patricio Arroyo, Danilo Bartulín, Alejandro Cuevas, José Quiroga, Hernán Ruiz Pulido, Víctor Hugo Oñate y Osear Soto. Quedaron detenidos los doctores Patricio Guijón y Arturo Jirón, siendo ambos trasladados primero a la Escuela Militar y más tarde a la Isla Dawson. Patricio Guijón quedó bajo arraigo en Chile durante todos los años de régimen militar.
De los médicos liberados, dos son detenidos al día siguiente al presentarse voluntariamente al saber que sus nombres figuraban en un bando militar que les requería: Oscar Soto y Danilo Bartulín, siendo liberados a las pocas horas. Oscar Soto se asiló, en tanto el doctor Bartulín fue nuevamente detenido, enviado al Estadio Chile y posteriormente a Chacabuco. Luego de meses de prisión se ve obligado a abandonar el país. Los demás médicos fueron citados a mediados de octubre al Ministerio de Defensa a declarar. "Fuimos tratados con deferencia en la Fiscalía Militar. Allí nos interrogan adecuadamente y entienden que nuestra presencia en La Moneda era de orden profesional", relata el doctor Patricio Arroyo. Sin embargo, él fue detenido días más tarde a instancias del Fiscal del Servicio de Salud, doctor Díaz Doll, compañero de curso y de carrera, quién había hecho detener a innumerables médicos. Permaneció cincuenta y siete días detenido en un local de la calle Agustinas, en donde se encontraban más de cien médicos, en igual situación.
La presión ejercida sobre el equipo de médicos que cuidaban de la salud del Presidente continuó durante meses. Varias veces detenidos por días, interrogados en innumerables ocasiones con la intención de hacerlos declarar calumnias acerca de la vida privada de Allende, sucesivamente debieron partir al exilio Hernán Ruiz Pulido, Alejandro Cuevas, Víctor Hugo Oñate y José Quiroga.
Fueron trasladados al Regimiento Tacna los doctores: Enrique París, Jorge Klein y Eduardo Paredes. La historia de sus calvarios, de sus muertes y desaparecimientos fue narrada antes.
Sólo dos mujeres se encontraban en el grupo que salió por Morandé 80: Miria Contreras Bell y Marta Silva. Esta última era una mujer joven, secretaria de Daniel Vergara, a quienes los médicos encontraron en una Oficina de la Subsecretaría del Ministerio del Interior, sola y aterrada. Le pusieron un delantal blanco y fue sacada del lugar en una ambulancia hacia la Posta Central, de donde pudo escapar inmediatamente. Posteriormente salió al exilio.
Miria Contreras, Payita, en cambio, sale con el último grupo. Llevaba en el bolsillo de la chaqueta la Declaración de Independencia que se la había entregado momentos antes el Presidente Allende para que la salvara del incendio provocado por el bombardeo. En el primer piso, antes de salir por Morandé 80, un soldado le arrebata el pergamino y lo destruye, a pesar de los gritos de ella diciéndole de qué se trataba. Una vez en la calle, cuando todo el grupo es empujado a tenderse en el pavimento con los pies hacia la cuneta, y mientras pasan disparando desde el aire unos helicópteros, un soldado la hace ponerse debajo de la cornisa para que se resguarde de las balas, incluso le dice que se ponga las manos en la cara para protegerla. Gracias a ese soldado, que la separa del grupo, fue vista por el hermano del secretario del Presidente Allende, Osvaldo Puccio, el mayor de Sanidad Dental del Ejército y dentista del personal de La Moneda, Jaime Puccio quién había llegado temprano a La Moneda ese día. Por petición del Presidente Allende , salió del palacio, fue a su casa y se vistió con el único uniforme que tenía -el de gala- y regresó a La Moneda en los momentos en que los detenidos salían por Morandé 80. Cuando ve a Miria Contreras, tendida en el suelo, con un soldado encañonándola, le dijo que se pusiera tiesa, que se hiciera la muerta, y acto seguido le ordenó al soldado que llamara a la ambulancia que estaba en la esquina, diciendo: "...esa mujer está herida" (5). Miria se pone tiesa, los camilleros la agarran de los pie y de las manos y la tiran a la parte de atrás de la ambulancia. La ambulancia se va sin detenerse hasta la Posta Central. Cuando los médicos se acercan para atenderla, ella les da su nombre y les dice que viene de La Moneda y que se tiene que ir. Pero el doctor Alvaro Reyes y una enfermera, se lo impiden y deciden protegerla. (6)
Miria Contreras estuvo días peregrinando de casa en casa, sin poder comunicarse con sus hermanas, ni con sus hijos y más aún, ignorando la suerte corrida por su hijo Enrique. Finalmente, el embajador de Suecia Harald Eidelstam la rescató y la llevó a la Embajada de Cuba. Permaneció meses asilada. Finalmente logró salir del país en junio de 1974 hacia el exilio.
Esa mañana se encontraban además en La Moneda "Carlos Briones, Ministro del Interior; Clodomiro Almeyda, Ministro de Relaciones Exteriores; el Ministro de Educación, Edgardo Enríquez, los ex Ministros y hermanos José y Jaime Tohá; Hugo Miranda, Senador del Partido Radical y Aníbal Palma, ex Ministro de Educación" (7), momentos antes del bombardeo, se trasladan al sector del Ministerio de Relaciones Exteriores, ubicado en el mismo edificio del Palacio de La Moneda. En las bóvedas del Ministerio soportaron el bombardeo. A las cinco de la tarde fueron sacados, en medio del humo y de las llamas del incendio, por la calle Morandé. Allí tuvieron el primer encuentro con las fuerzas militares. Algunos de ellos fueron conducidos al Ministerio de Defensa. Los trasladaron de piso en piso, de oficina en oficina, sin decidir qué hacer con ellos. Fueron así testigos que en el Ministerio de Defensa se encontraba personal de la Misión Norteamericana, trabajando en conjunto con los militares chilenos que dirigieron el golpe.
Previamente habían salido en horas de la mañana desde La Moneda hacia el Ministerio de Defensa como delegados de Allende, con la misión de parlamentar con los militares. Dice Pinochet en su libro "El día decisivo": "...el Almirante Carvajal me informa que se encuentran el Subsecretario Vergara y el Secretario Puccio y que son portadores de una serie de condiciones de Allende...además me comunica que han llegado numerosos funcionarios de la Unidad Popular. A medida que ingresan se les detiene. Así Vergara, Flores y Puccio, padre e hijo y otros quedan en calidad de detenidos".
Cómo, cuándo y en qué forma fueron tomados prisioneros, está relatado en numerosos libros. A nosotros nos interesa en este punto tan sólo destacar que todos ellos junto con las personas que fueron detenidas al salir de La Moneda, como el doctor Arturo Jirón, el periodista y asesor presidencial, Carlos Jorquera, y el doctor Patricio Guijón sobrevivieron.
La mayoría de ellos fueron trasladados al Ministerio de Defensa. En ese Ministerio "...un Teniente que se identificó con el apellido de Zamorano del Estado Mayor" les informó la calidad de prisioneros en que se encontraban y que serían trasladados a la Escuela Militar. Allí se les sumó Hernán Soto, Subsecretario de Minería, que había sido detenido en un control callejero.
Sergio Bitar, que se presentó voluntariamente junto con Jorge Tapia el día 13 de septiembre también fue trasladado a la Escuela Militar. "...Mi primera gran sorpresa fue ver a varios que los días 11, 12 y 13 se les daba por muerto o fusilados, se encontraban detenidos en la Escuela Militar...". Venían de La Moneda, Clodomiro Almeyda, Ministro de Relaciones Exteriores; Fernando Flores, ex Ministro de Economía; Patricio Guijón, médico; Arturo Jirón, médico; Orlando Letelier, Ministro de Defensa; Hugo Miranda, senador; Aníbal Palma, ex Ministro de Educación; Osvaldo Puccio G., secretario de Salvador Allende, Osvaldo Puccio H., estudiante de Derecho, Adolfo Silva, fotógrafo de La Moneda; Jaime Tohá, Ministro de Agricultura; José Tohá, ex Ministro de Defensa y del Interior y ex Vicepresidente de la República, Daniel Vergara, Subsecretario del Interior y Hernán Soto, ya mencionado.
En la Escuela Militar se encontraban o llegaron horas después. Orlando Budnevic, abogado; José Cademártori, diputado; Jaime Concha, ex Intendente de Santiago; Edgardo Enríquez, Ministro de Educación; Alfredo Joignant, Director de Investigaciones; Carlos Jorquera, Secretario de Prensa de Salvador Allende; Enrique Kirberg, Rector de la Universidad Técnica del Estado, UTE; Erick Schnacke, dirigente del Partido Socialista, Miguel Lawner, Director de la Corporación de Mejoramiento Urbano; Miguel Muñoz, funcionario del Banco Central; Carlos Matus, ex Ministro de Economía; Carlos Lazo, Vicepresidente del Banco de Estado; Luis Matte, ex Ministro de la Vivienda; Vladimir Arellano, Director de Presupuesto; Carlos Morales, ex diputado; Camilo Salvo, diputado; Aniceto Rodríguez, senador; Héctor Olivares, diputado; Julio Palestro, Gerente de la Polla Chilena de Beneficencia; Tito Palestro, Alcalde de San Miguel; Anselmo Sule, senador; Jorge Tapia, ex Ministro de Educación y de Justicia y Benjamín Tepliski, Secretario Ejecutivo de la Unidad Popular.
En la Escuela Militar los dejaron en piezas separadas. Sólo pudieron verse en las horas de comida, en esos momentos pudieron contarse lo que cada uno había vivido. En esos relatos se distingue nuevamente la oposición entre la dignidad y la brutalidad. Por ejemplo, José Tohá cuenta que cuando llegó a La Moneda se encontró con un militar que le preguntó: " Qué viene a hacer Ud. aquí, si este lugar va a ser bombardeado? contestándole "Vengo a estar junto al Presidente. Esa es mi responsabilidad".
Desde un principio los prisioneros viven la mentira, la falsedad, la tergiversación. Los militares, en tono de sorna, les dicen lo que según ellos habían encontrado en Tomás Moro, "...drogas y fotografías pornográficas...". Todos sabían "...por la relación con el Presidente, que era falso...".
Ya desde la Escuela Militar se inician los malos tratos, la violencia, "...la permanente hostilidad de los alféreces". El hostigamiento, los gritos de amenaza, la interrupción del sueño.
El día 15 de septiembre todo el grupo fue subido a buses, sin explicaciones. Nadie sabía hacia dónde los llevaban "...Los alumnos de la Escuela Militar que los custodiaban iban vestidos con trajes de batalla, con metralletas y granadas". "...Las advertencias que les hacían y las duras palabras pronunciadas eran de muerte "cualquier movimiento iba a ser objeto de disparo.. ante toda acción dudosa serían aniquilados". Bitar expresa en su libro "...Nuestras vidas corrían peligro" y el "sentimiento de muerte fue el más intenso que tuvimos".
En el aeropuerto de Los Cerrillos fueron entregados, entre vejaciones y golpes, al Grupo 7 de la Fuerza Aérea de Chile, que se encontraba allí. "Con groserías e insultos nos instaron a descender rápidamente". Al bajar de los buses los empujaban, los agredían, los amenazaban y algunos de sus guardianes pronunciaron las primeras palabras que demostraban la penetración del odio que anidaban en sus mentes, "...Así que tú querías destruir al país desgraciado". Los tironeaban, les rompieron sus ropas, los ultrajaban; era la deshumanización, la invasión del sí mismo, la agresión a la dignidad personal que así se iniciaba.
Sergio Bitar, en su libro (8) señala que "...a la distancia pude distinguir a un Oficial extranjero que observaba esta maniobra". Por su parte, Hernán Soto recuerda que: "Había un avión brasileño y en la losa oficiales de esa nacionalidad."
Todos, en una forma o en otra, relatan que la idea de la muerte inminente rondaba en sus mentes y frente a esta idea formas muy diversas de respuestas psicológicas surgieron en ellos: la toma de conciencia absoluta de lo que se vivía y por tanto la angustia consecuente o la negación de la realidad y la no realización de los significados, la no comprensión y a través de ella, la negación de la realidad que permite sobrevivir a "esos trágicos momentos".
En el aeropuerto los llevaron hacia un avión, los subieron y los ubicaron en el centro del mismo. Hombres con metralletas en las manos se instalaron a cada extremo. Cuando se inició el vuelo se dieron cuenta que se dirigían al sur.
¿Cuál iba a ser su destino? Nadie decía nada, ¿cuál era el propósito de todo eso? La comunicación, el diálogo humano había desaparecido, sólo existía el discurso de la amenaza y la violencia. "...Una sensación de pánico nos invadió a todos", especialmente cuando a los insultos y a los malos tratos, se agregó el silencio. Era un trato brutal, sin palabras, sin gestos, sólo el de los gritos, de los fusiles apuntándolos.
Al llegar a Punta Arenas, ya de noche, las armas se dirigían directamente al cuerpo de cada uno. Al descender, potentes focos los alumbraban, encegueciéndolos. Sólo adivinaban la presencia del numeroso contingente que los rodeaba. A esta estimulación luminosa y al robo de parte de su identidad, al fotografiarlos, se agregó enseguida la privación de la vista y del aire. Los encapucharon. A la pérdida del principal sentido de orientación del espacio cognitivo se agregó el ahogo, el desconcierto, la duda y en algunos el pánico y el terror. Era la apropiación por el otro de la libertad, de la vida. "La percepción de algo terrible" expresa Sergio Bitar, "se hizo agobiante". Todos tuvieron la vivencia inminente de la muerte, de que esos eran sus últimos momentos.
"En absoluto silencio fueron trasladados en blindados a unas barcazas". En uno de los carros acorazados, el disparo de un guardia hirió accidentalmente en una mano a Daniel Vergara, que fue llevado en esas condiciones a Dawson. "El no dijo nada. Guardó silencio, su mano sangraba".
Esta vez eran marinos, con metralletas, los que los custodiaban. Era la tercera rama de las Fuerzas Armadas que ahora se hacía cargo de ellos. Un Oficial les advirtió: "...Aquí no se puede hablar, no se puede conversar, no se puede dormir, nadie puede moverse..". Entre cada uno de las órdenes que daba, decía con voz fuerte "Right". Giraba apuntándolos con una metralleta a modo de amenaza. Algunos soldados estaban aterrados.
A las seis de la mañana llegaron a lo que más tarde reconocerían como la Isla Dawson, isla situada en el extremo sur de Chile, más allá del paralelo 54.
En la madrugada del 16 de septiembre la barcaza atracó a una playa desierta. Agotados, maltratados, fueron recibidos en medio de la nieve, de un frío intenso, en la semioscuridad por un nuevo contingente de las Fuerzas Armadas, "...estábamos agotados, tensos y entre nosotros Daniel Vergara herido...".
Caminaron varios kilómetros sobre el ripio y la nieve. Al llegar a una especie de ensenada los recibió el Comandante del campo Jorge Fellay (68). Para los uniformados, por las palabras que les dijeron, ellos eran como los generales de un ejército enemigo. Estos generales que "nunca tuvimos armas ni trajes de guerra y nuestros gestos y palabras jamás fueron voces de orden y ni menos de amenazas".
Las órdenes fueron trasmitidas a los prisioneros con palabras brutales, difíciles de asumir porque jamás antes las habían escuchado, "...si no obedecíamos, seríamos dados de baja inmediatamente...".
Treinta y seis personas fueron introducidas en una barraca de treinta y dos metros cuadrados. Por abrigo sólo les dieron una frazada. Era la base de la Compañía de Ingenieros de la Infantería de Marina, Compingin, construida con paneles prefabricados. El viento penetraba sin compasión. Ahí, encerrados e incomunicados, un sentimiento de irrealidad, del sin sentido, del desconcierto entre lo verdadero y lo desconocido los invadió.
"Un sentimiento de incredulidad me invadió, en pocas horas, nos habían cambiado la imagen de lo que pensábamos era Chile, algo increíble" (9). Era la ruptura traumática con el medio de referencia habitual. Fueron individualizados con una letra y un número, con prohibición absoluta de tratarse por sus nombres o referirse a ellos.
Luego de cinco horas de encierro, en un lugar construido sólo para ocho personas fueron sacados a un patio con ripio, cercado con alambres de púas. El comandante Jorge Fellay, nuevamente les dirigió un discurso de amenazas, órdenes y restricciones. No podían ni siquiera abrir la puerta de la barraca sin antes pedir permiso para hacerlo. Las siguientes palabras que resultaron míticas fueron dichas a gritos, "el que aparece, desaparece".
En ese lugar, vestidos con ropas inadecuadas para resistir el frío y el viento imperante, fueron sometidos a la tortura de la incomunicación, las amenazas, el encierro y el hacinamiento, junto a diversas privaciones y al hambre. Cuando fueron sacados de la Isla, en mayo de 1974, la mayoría de ellos habían bajado más de quince kilos.
Gran parte del grupo tenía más de sesenta años y algunos estaban afectados de enfermedades crónicas: diabetes, nefro y cardiopatías, problemas a la columna. Allí no había médico, lugar de reposo, atención, medicamentos ni cuidados especiales para ninguno de ellos.
Pronto se dieron cuenta que cerca de ellos existían lugares donde estaban recluido otros prisioneros. Eran gentes de Punta Arenas. Hombres muy jóvenes, la mayoría obreros. En las noches y a veces durante el día, escuchaban sus lamentos, los torturaban. Gritos, disparos, voces de mando, ráfagas de metralletas. No sabían si verdaderamente fusilaban a algunos. Las dudas y la desesperación de no saber lo que hacían con ellos era permanente. No lograban verlos, pero la representación macabra de su situación ocupaba sus pensamientos.
En un par de ocasiones fueron obligados a ver televisión en que se denigraba al gobierno del Presidente Allende y a sus partidarios. Un diario mural les "informaba" de detenciones, fusilamiento y supuestos escándalos descubiertos por militares.
Estas visiones interiores se patentizaron cuando una semana después de su llegada, llevaron hasta el grupo a siete prisioneros que traían desde Valparaíso, Sergio Vuskovic, Alcalde de la ciudad, Maximiliano Marholz, Regidor de esa Municipalidad y Suboficial mayor en retiro de la Armada, Ariel Tacchi, Regidor de Viña del Mar, Walter Pinto, gerente de ENAMI-Ventanas, Leopoldo Zuljevic, Superintendente de Aduanas, Luis Vega, Asesor jurídico de la Intendencia y Andrés Sepúlveda, Diputado por Valparaíso "..sus caras, sus miradas, sus expresiones de terror los llenaron de estupor, venían horriblemente torturados. Habían sido flagelados junto a otros cuarenta prisioneros en el buque escuela "Esmeralda" de la Armada, habían permanecido diez días (desde el 11 hasta el 21 ó 22 de septiembre). Ellos contaron que fueron sacados de sus casas en la madrugada del 11 y llevados directamente a la "Esmeralda". Allí, según sus testimonios, fueron dejados en calzoncillos, tendidos sobre la cubierta del barco o en las bodegas. Permanecieron largo tiempo boca abajo, en el suelo, con las manos en la nuca, recibiendo golpes. Cada cierto tiempo, según sus relatos, algunos eran llevados para un tratamiento más duro: los amarraban a uno de los palos de la goleta y les propinaban golpes en el vientre, en el rostro y les arrojaban agua helada. Otros recibían descargas eléctricas en la boca, en el pecho, en los genitales. Permanecieron la mayor parte del tiempo sometidos a tales castigos. Junto con esto les arrojaban la comida al suelo, obligándolos a arrastrarse para comerla... Con estas vivencias llegaron a Dawson. Sepúlveda por ejemplo, nos mostró su lengua quemada, erosionada, en los bordes por las descargas eléctricas. Marholz llegó a la isla orinando sangre y con un hueso de la pelvis trizado. Pinto tenía heridas en la espalda. Vuskovic, con derrames interiores, por los golpes recibidos en el vientre. También había sufrido descargas eléctricas y les habían echado sal en las heridas...".
Fue una nueva forma de tortura, el constatar y el ver los cuerpos flagelados, una brutal realidad y un posible destino para ellos mismos.
Cada mañana, tras el toque de aviso debían estar listos en pocos segundos, para salir corriendo hasta un riachuelo. Disponían sólo de tres minutos para asearse en esa agua gélida, en donde veían flotar los excrementos de las letrinas de los soldados que estaban instaladas metros más arriba.
Durante quince días estuvieron así encerrados, sufriendo frecuentes allanamientos "bruscos y duros" por los infantes de marina que apuntándolos con metralletas, los sacaban a un rincón de las alambradas o los ponían contra las planchas de zinc ¿Era el fin?. "Una vez más, e innumerables veces pensábamos que nos matarían, que nos iban a fusilar". Con las manos en la nuca, vueltos de espalda, los pateaban, para que abrieran las piernas. Los vejaban, "nunca se atrevieron a dar la cara mientras tenían sus armas en las manos. Cuando uno los miraba, no podían resistir. Era la pequeñez moral" (10).
Este tipo de comportamiento en algún modo también les provocó pena, desagrado y dolor mental al ver cómo otro semejante, otro ser humano se había transformado en un agresor y en algunos casos, en una bestia. Era la cobardía moral que por ello mismo, es comparable a la crueldad.
A los pocos días de llegados percibieron la penetración que en las mentes y comportamientos de los militares tenían las mentiras y el engaño de lo que su creador denominaría "Plan Zeta" (11), para legitimar el golpe de Estado, la represión, la tortura, las ejecuciones sumarias y tempranamente el desaparecimiento para siempre. Ellos eran los enemigos "...nos miraban como delincuentes, nos trataban así...". Esa la gran mentira que mediante mecanismos de ideologización y especialmente de su gestión maligna, penetró progresivamente en la interioridad de los militares y, en gran parte, de la población civil. A través del miedo, a través de la idea de que los partidarios del gobierno de Allende, y especialmente estos prisioneros, los tenían en listas para matarlos a ellos, logró crear el odio y el desprecio con que eran tratados. Se les señaló que el "Plan Zeta" había sido encontrado en la oficina de Daniel Vergara, que era Subsecretario del Interior. Se les acusaba de todo, incluso de que ellos "habían querido cambiar la bandera nacional", "que habían entregado secretos militares a otros países".
La isla se llenó de rumores y calumnias; los guardianes las propagaban y los falsos informes que transmitían las radios de la dictadura eran interminables: que "Allende junto a ellos, había llevado una vida escandalosa e inmoral", que "Orlando Letelier era traficante de armas", que "el doctor Edgardo Enríquez había robado millones de dólares", que "doña Irma de Almeyda era una sinvergüenza". Se sabe ahora que, por años, investigaron a los dirigentes de la Unidad Popular, a los ministros, a los asesores, a las esposas y nunca pudo comprobar algún fraude moral o económico.
Las mentiras enardecían los ánimos contra esos "posibles ladrones y asesinos".
Era una nueva forma de tortura psicológica, la degradación como personas, sin posibilidad de defenderse, de desmentir, reivindicar o protestar. Era la indignación y el dolor que los penetraba y que los dejaba perplejos.
Junto a Jorge Fellay, comandante responsable, estaba el coronel Aquiles Cáceres (12), el teniente primero Eduardo Carrasco (13), el subteniente Mario Tapia (14) y el capitán de Ejército, Mario Zamora (69). Estaba también un psicópata, a quienes, incluso sus compañeros, llamaban el Loco Valenzuela, "que era teniente... y apuntaba a la cabeza con una metralleta y la mantenía allí durante un largo rato o bien, frente al pelotón de prisioneros indefensos, sacaba una granada y jugaba con ella, mientras los amenazaba".
Era la amenaza de la muerte permanente, el trauma psíquico de vivir una situación límite, descrita por el psiquiatra Bruno Betelheim mientras se encontraba prisionero en los campos de concentración nazi "..es decir una situación extrema, que tiene un carácter inevitable e incomprensible, una duración incierta, un peligro permanente y que provoca una sensación de impotencia total de la persona frente a ella...". Esta situación límite creaba el trauma psíquico, es decir, el encuentro brutal entre la interioridad de la persona y una situación exterior de peligro extremo.
"No sé si este trato duro, deshumanizado, en que predominaba el odio, se debía a la tensión y amenaza a que ellos mismos estaban sometidos por sus superiores". Sin embargo, frases como "...ésta es nuestra oportunidad, al que se mueva lo matamos", o situaciones como cuando en las noches, bruscamente, se producían apagones de luz y les gritaban "...al primero que se mueva, se da de baja inmediatamente". El asesinato de hombres desarmados no sólo parecía deseado sino, a veces, intencionalmente buscado.
Sin embargo, no todos tenían estas conductas. Hubo excepciones, algunos a escondidas, daban palabras de aliento. Algunos prisioneros recuerdan al sargento Canales "que se portó bien". No obstante, la mayor preocupación de los superiores era que no hubiese contacto entre los guardianes y los presos. Todo trato humano era castigado, "Se les inculcaba que acercarse a nosotros, era como acercarse a una jaula habitada por un grupo de personas que supuestamente estaban en una actitud de gran beligerancia y agresividad", "tengan cuidado", les decían a los conscriptos, y les prohibían acercarse a nosotros, "son violentos y en cualquier momento pueden abalanzarse sobre ustedes y quitarles las armas" (15).
Fotografiados, una y otra vez, allanados, registrados, tocados, manoseados, se habían transfigurado para ellos, no eran lo que eran, no podían defender su dignidad, su esencia. Les habían robado su propia identidad, para transformarlos mediante las mentiras del nuevo poder en lo que no eran, en lo que nunca habían sido. "Eramos observados como seres extraños". Las miradas de desprecio que ellos nunca antes habían recibido los confrontaba al más terrible de los sentimientos humanos: el odio que lleva a la crueldad.
A los doce días de llegar se iniciaron los interrogatorios. Interrogatorios interminables, duros, secos, con preguntas cortantes que, por falsas y engañosas, sólo tenían como respuesta el silencio o la negación. Vivieron vejación: la tortura verbal, la de los insultos, los gritos, las amenazas, sin posibilidad de diálogo, ni de expresiones o palabras de defensa. Desde el inicio hasta el final del interrogatorio, no hubo nunca respuesta posible.
Quince días habían transcurridos en medio del frío, la nieve, el viento incansable cuando se inició otro tipo de tortura: el trabajo forzado.
Al principio, de carácter voluntario se hizo rápidamente obligatorio, aún para los de más edad, para todos, sin excepción, incluso para los enfermos o heridos. Fueron obligados a marchar con gestos marciales "como un Batallón", fuertemente custodiados y obligados a cantar himnos marciales. No entonándolos sino gritándolos. Entre la nieve y el barro, caminaban cinco o más kilómetros de ida y de vuelta. En otras oportunidades, los trasladaban "como animales", en camiones logísticos. A medio día pasaba un camión para dejarles la comida: un trozo de pan y un tazón con una sopa. A las diecisiete treinta horas debían regresar "agotados, algunos con desgarros musculares, esguinces, torceduras".
En el mes de noviembre de 1973, llegaron trasladados desde Santiago: Luis Corvalán, Pedro Felipe Ramírez, Julio Stuardo, Alejandro Jiliberto y Orlando Cantuarias. Habían sido detenidos en diferentes circunstancias y lugares. Solamente Orlando Cantuarias se había entregado voluntariamente luego que su primo Gustavo , coronel de Ejército, ex Director de la Escuela de Alta Montaña de Los Andes, había muerto en extrañas circunstancias el día 3 de octubre de 1973, mientras se encontraba detenido en la Escuela Militar. Desde su llegada, Luis Corvalán fue el prisionero más castigado, humillado, vejado, sin que lograran quebrarlo.
Durante los meses que estuvieron en la Isla Dawson los prisioneros colocaron postes, cavando en una tierra dura y pedregosa, limpiaron un pequeño tranque, cortaron árboles, transportaron bolones de piedra en sacos que debían llevar en sus espaldas desde la playa hasta el patio del campamento. Hundidos en el barro hasta la cintura, debieron sacar, desde las ciénagas, la capa vegetal, "todo esto en medio de un clima siempre frío y ventoso".
Agotados, no desfallecieron. Habían vencido la capacidad de asombro, ella ya no les servía para resistir. Crearon y recrearon medidas para sobrevivir. Escribieron y no olvidaron lo que eran y habían sido, estudiaron en grupo, grabaron piedras y lentamente se recuperaron.
Los medios de comunicación seguían denigrándolos, no sólo a ellos sino a sus familiares y esposas. A éstas, el general César Benavides, había convocado para amenazarlas y hacerlas terminar su campaña, nacional e internacional, para obtener su liberación. Algunas de ellas fueron detenidas.
La revista Vea del 18 de octubre de 1973 señaló al describir cómo se encontraban los ex funcionarios del gobierno de la Unidad Popular "El aspecto físico de los detenidos no es bueno, sino excelente. La vida al aire libre que llevan los ha hecho cambiar de aspecto y de carácter. Tienen el semblante de quien vuelve de unas prolongadas vacaciones: los rostros tostados y el intelecto descansado. Todas las tensiones con que llegaron a la isla --según aseguró el Comandante de la Isla- desaparecieron...".
Los médicos se hicieron indispensables, curaron incluso a militares. El arquitecto Miguel Lawner y otros prisioneros, reconstruyeron la Iglesia de Puerto Harris. Orlando Letelier colaboró activamente en la organización del grupo y ayudó con canciones a mantener la moral de los presos.
Vinieron las represalias. Se les prohibió continuar grabando piedras que recogían a la orilla del mar, como recuerdos que enviaban a sus familias. Se les requisó el papel para escribir, censurando las cartas que enviaban o recibían. Los castigos se hicieron más frecuentes. El coronel Aquiles Cáceres les quitó los instrumentos que tenían para grabar piedras y que Jorge Fellay les había permitido usar, "El 5 de marzo se efectuó un nuevo allanamiento a la barraca en busca de armas. Las encontraron. Eran pequeñas herramientas que servían para tallar piedras negras o café", escribe Sergio Vuskovic en su libro.
Los fiscales interrogadores no lograban nada. El único interrogatorio oficial que hizo el Fiscal Naval ad hoc, Lautaro Sazo (70), a un prisionero duró sólo tres minutos, "¡Cómo me pueden hacer tal pregunta? -¡Así es que no quiere contestar!- Rotundamente no" (16).
El día 15 de diciembre, el doctor Patricio Guijón junto a Orlando Budnevich fueron trasladados a Santiago. Patricio Guijón fue conducido al Cuartel Central de Investigaciones, incomunicado en una pequeña celda, en la cual sólo había un tubo por donde escurría agua, gota a gota. Durante cinco días no recibió ningún tipo de alimentos ni información de lo que sucedería con él.
El 19 de diciembre, los demás prisioneros fueron transferidos a un nuevo campo en la Isla Dawson "Río Chico". Era un verdadero campo de concentración como los nazis, con torres de vigilancia, doble alambrada, ametralladoras pesadas. Allí las fuerzas que los custodiaban se cambiaban cada veinte días entre Fuerzas Aérea, Ejército y Marina. La guardia estaba constituida por un contingente de cien militares.
El capitán de Ejército Mario Zamora, asumió el mando a fines de enero por un breve tiempo. Vuelve en abril de 1974, ahora acompañado de suboficiales de la FACH, "Institución que había iniciado juicios contra sus propios oficiales. Por ello, algunos de sus hombres a veces se jactaban de ser los más duros". "...Entre los oficiales que acompañaban a Zamora, había un teniente de apellido Valenzuela, de temperamento inestable" (17). En Marzo de 1974 llegó un Batallón de Infantería de Marina, a cargo del teniente primero Eduardo Carrasco y el subteniente Jaime Weindenlaufen (18), "Reservista incorporado a la Armada y jefe de Patria y Libertad de Valparaíso", también estaba el subteniente Mario Tapia.
A mediados de abril volvió el capitán Zamora, junto a un teniente "..Y ésta vez impuso mayor rudeza, redobló las exigencias durante los trabajos forzados, el acarreo de materiales en carretillas o también al hombro". "...Estaba preocupado de someternos al mayor desgaste físico" (19). En esa época además, las lluvias y el viento nuevamente se habían apoderado de la isla. Agotados, traspasados por el frío, los prisioneros trataban de no desfallecer. Los castigos se intensificaron con nuevas formas de tortura descritas en los Manuales de la Escuela de las Américas sobre Contrainsurgencia. Por ejemplo, dos de los prisioneros (20) fueron largamente interrogados y se los mantuvo de pie, arrimados contra una pared con el cuerpo inclinado, apoyándose sólo en tres dedos durante largas horas.
Pero entre los prisioneros se encontraban algunos que debían morir de muerte lenta. A mediados de marzo, en una sola semana, habían muerto en Santiago el general Alberto Bachelet y el ex Ministro de Defensa, José Tohá.
Cuando falleció José Tohá, el general Gustavo Leigh, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea, comentó "Su estado era sumamente grave, y desde hace algún tiempo se estaban solicitando informes médicos, para no sorprender a la opinión pública con su muerte" y agregó "El señor Tohá fue traído desde el sur para ser sometido a un tratamiento especial de alimentación" (21). Estas palabras frías que torpemente ni siquiera lograron ocultar el deseo de la muerte, y aún más revelan los medios que estaban usando para explicar el destino final del prisionero son las que se repitieron en forma descarnada por el nuevo poder para justificar los diecisiete años de crímenes.
La muerte. Uno de ellos había muerto. El dolor de la pérdida los penetró, las lágrimas no se ocultaron. Un duelo amargo se instalaba una vez más en sus vidas.
Finalmente, el 8 de mayo de 1974 los oficiales a cargo del capitán Zamora, les informaron "Que disponían de media hora para recoger sus cosas, vestirse, ordenar y formar afuera". La noche anterior, el doctor Arturo Jirón había sangrado. Una úlcera gástrica se había abierto, como señal de su cansancio, amargura e impotencia. Aún en ese estado fue obligado a formar junto a los demás.
Antes de partir, fueron allanados y registrados. Luego los hicieron marchar, custodiados por el capitán Zamora y su gente. Ellos apuraban el paso para hacerlos desfallecer. En el mar, una lancha torpedera vigilaba la maniobra. Eran sólo treinta.
Los hicieron caminar diez kilómetros. Era la distancia que separaba el campamento de la pista de aterrizaje. Tal vez el último castigo ordenado por el capitán Zamora fue hacerlos cruzar a pie un río, que a causa de las lluvias de los días anteriores, se había vuelto torrentoso y helado. No hizo excepción con nadie, ni con los enfermos.
Finalmente llegaron a la cancha de aterrizaje. Allí los hicieron bajar a una especie de hoyo que había en el terreno, amontonados. Soldados armados desde arriba los vigilaban. Luego de una hora aproximadamente, sintieron la llegada de los aviones. Recién entonces los hicieron salir de la hondonada. "A cargo de los aviones, había un capitán, un coronel, un teniente, más algunos oficiales, además de Zamora y los encargados de la prisión". Primero fueron obligados a cantar tres canciones marciales; luego debieron sentarse en un terreno fangoso, esperaron un largo rato antes de ser subidos en grupos al avión que los trasladaría en varios viajes, tras ocho meses de detención, nuevamente a Punta Arenas.
En la base aérea del aeropuerto fueron dos veces allanados: la primera vez, despojados de sus pequeños enseres; el segundo allanamiento fue hecho, por hombres que vestían de civil. Los registraron uno por uno, sus cuerpos fueron recorridos por un detector de metales, mientras, "los miraban con desprecio", ellos sostenían esas miradas. Habían recuperado su integridad y lo que ahora les provocaba sufrimiento no eran principalmente las agresiones a que eran sometidos, sino el constatar que el "dramático calvario", como lo expresó más tarde Clodomiro Almeyda, era provocado por otro ser humano, y en este caso, por otro chileno que se había transformado y degradado y que frente a estos individuos, ellos "seguían siendo seres humanos y no una letra, o un número, a los que pretendió reducirnos la dictadura" (22).
Los subieron a un avión, Hércules C-130, amarrados a los asientos, uno al otro, permaneciendo apuntados con metralletas, obligados al silencio y a la inmovilidad y, una vez más, ignoraban su destino. Llegados a Santiago, en el aeropuerto de Los Cerrillos, los esperaba un nuevo contingente militar. Fueron fotografiados uno a uno y, luego, interrogados por el coronel Jorge Espinoza del Servicio Nacional de Detenidos, SENDET, quien ya había viajado antes a la Isla Dawson para interrogarlos.
Habían llegado al aeropuerto un total de cuarenta detenidos, eran los últimos. En ella quedaron los prisioneros de la zona austral que ellos nunca vieron. Los separaron, en cuatro grupos de a diez, entregándolos a cada una de las ramas de las Fuerzas Armadas.
En el grupo que iba al Ejército se encontraban, entre otros, Luis Corvalán, quien fue trasladado a la Escuela de Infantería junto a otros prisioneros. Edgardo Enríquez fue enviado al Hospital Militar.
Entre el grupo que iba a la Fuerza Aérea, estaba Miguel Lawner y el doctor Arturo Jirón, a quien, como ya dijimos, el día anterior se le había producido una perforación de úlcera duodenal. Trasladados a la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea (AGA), lugar que se conocerá más tarde como uno de los más sofisticados centro de interrogatorio y tortura.
El grupo que fue entregado a los marinos fue subido a avionetas, con sus ojos vendados y capuchas en la cabeza y trasladados directamente al campo de concentración de Puchuncaví, llamado "Melinka". "Era un campamento construido como centro de veraneo para los obreros durante el gobierno de Salvador Allende y que se encuentra muy cerca del mar, en la Bahía de Quintero" (23).
Los carabineros trasladaron a los detenidos a Las Melosas, en el Cajón del Maipo. Entre ellos iba Daniel Vergara, en grave estado de salud por su enflaquecimiento, por las heridas provocadas por ellos mismos y que nunca fueron tratadas. Fue tratado como un bulto, como un desecho, que había que perder.
Era evidente, que antes de su llegada, las diversas ramas de las Fuerzas Armadas se habían repartido a los prisioneros.
"Al llegar fui conducido al Regimiento Tacna", relata Clodomiro Almeyda. El ex Ministro de Relaciones Exteriores, había sido trasladado junto a Alfredo Joignant a Santiago, el día 1° de febrero de 1974. De allí fue llevado a la Academia de Guerra Aérea (AGA) donde fue desnudado y vestido con un traje de preso "una especie de pijama", siendo despojado de todos sus enseres y desde ese momento sometido a torturas psicológicas para obligarlo a hacer declaraciones "sobre cosas que yo debería saber y nunca se me dijo claramente lo que eran". Le exigieron que redactara un documento, a lo que se negó, no cumpliendo con el deseo de sus guardianes.
Entonces, fue sometido a torturas físicas y deprivaciones.
Al cabo de un tiempo lo regresaron al Regimiento Tacna y durante tres meses lo mantuvieron incomunicado. A mediados de julio, fue trasladado al campo de prisioneros de Ritoque, donde se unió a sus antiguos compañeros.
"Una noche, inusitadamente, fue informado que debía abandonar el campamento, al día siguiente, fue expulsado junto a otros cinco prisioneros a Rumania".
Desde el 8 de mayo de 1974, fecha en que habían sido trasladados desde Punta Arenas, hasta julio de ese mismo año, el resto del grupo permaneció disperso en diversos centros de reclusión. Habían pasado desde sus cargos de ministros, asesores, dirigentes del gobierno de Salvador Allende a "retenidos", "prisioneros", "prisioneros de guerra", "rehenes" y posteriormente calificados, por el propio Augusto Pinochet, como "delincuentes comunes". En esta última calidad, a mediados de julio de 1974 fueron nuevamente reunidos en un campo de concentración en Ritoque, muy cerca de Quintero, "eran también casitas de madera, construidas para los trabajadores durante el gobierno de Allende. Eran balnearios populares. Las habían cercado con alambradas de púas, bastante altas y en el exterior colocaron empalizadas de madera" (24).
Aquí fueron nuevamente sometidos a interrogatorios. Querían encontrarlos culpables de robo, desfalco, uso indebido de dineros del Estado. Nada de eso pudieron probar a ninguno de ellos. No habían adquirido nuevas propiedades, ni autos ni objetos de valor. Interrogados una y otra vez, revisados detalladamente sus haberes y sus cuentas bancarias, no encontraron nada, al contrario de lo que sucede con Augusto Pinochet, quién en octubre de 1973 había informado a los corresponsales extranjeros que los miembros de la Junta harían una declaración de sus bienes. "He vivido en casas que el Ejército me ha proporcionado y en las ciudades donde se me ha destinado". En la actualidad cabría "investigar cómo el general, sin haber recibido ninguna herencia que se sepa, puede hoy en día tener una fortuna que, en un inventario cicatero, alcanza a los cinco millones de dólares" (25).
Por otra parte, los juicios de la Fuerza Aérea a que habían sido sometidos, oficiales y personal de esa rama y dos altos funcionarios del gobierno derrocado, Erick Schnake y Carlos Lazo. Habían culminado con la conmutación de la pena de muerte por la pena de extrañamiento, debido, tal vez, al trabajo de denuncia nacional e internacional "El gobierno y la Fuerza Aérea de Chile, a través del general José Berdichevski, se vieron obligados a declarar que no había penas de muerte".
El 10 de septiembre de 1974 salió del Campamento de prisioneros Orlando Letelier, junto a Osvaldo Puccio, hijo. Se los llevaron a la prisión de Tres Alamos, en Santiago. Allí los esposaron para dormir. Al día siguiente, a Orlando Letelier lo condujeron a la Embajada de Venezuela, donde permaneció desde las once de la noche hasta las cinco de la mañana, hora en que salió al exilio. "No hice declaraciones", como no las hizo ninguno de los que salían, para proteger la vida de los que quedaban detenidos. Así, Letelier, cuando aterrizó en Caracas, se limitó a decir, "Es como empezar a vivir de nuevo". Días antes, en Ritoque, el coronel José de la Fuente, había dicho "muchos de ustedes saldrán de aquí, pero tengan cuidado, porque la mano de los Servicios de Inteligencia es larga, y los alcanzaran donde estén". Con Orlando Letelier del Solar cumplieron su sentencia, el 21 de septiembre de 1976, en Washington, una bomba destruyó su vida y la de Ronnie Moffit (26), quien era una colaboradora del Instituto for Policy Studies de Washington D. C.
Finalmente la mayoría de los integrantes del grupo fueron liberados o expulsados de Chile. Clodomiro Almeyda a la República Democrática Alemana; Fernando Flores a Estados Unidos; Arturo Jirón, luego de un largo arresto domiciliario con su familia, se exilió en Venezuela; a Hugo Miranda lo acogieron en México; Aníbal Palma se exilió en Costa Rica; Osvaldo Puccio, padre, luego de largos meses de arresto domiciliario, se exilió en la República Democrática Alemana; su hijo en cambio, el más joven de todos los prisioneros de la Isla Dawson, fue uno de los primeros expulsados de Chile, primero llegó a Rumania y luego, al lugar donde se encontraba su padre; Jaime Tohá, quién había pasado por el Regimiento Buin y Ritoque, salió finalmente a Mozambique; José Tohá había muerto en extrañas circunstancias en el Hospital Militar; Daniel Vergara fue expulsado de Chile, llegando finalmente a la República Democrática Alemana donde falleció; el doctor Edgardo Enríquez quién por esos meses perdiera a dos de sus hijos, Miguel, muerto en un enfrentamiento y Edgardo detenido desaparecido, llegó con su familia a México; y Hernán Soto estuvo preso en el campamento de Ritoque hasta septiembre de 1975. Al igual que el doctor Patricio Arroyo» no salió de Chile y vivió en permanente incertidumbre.
La mayoría de ellos vivieron la pena del destierro, el exilio.
Notas:
1. "El día decisivo". Ob.Cit. pág. 131.
2. "El último día de Salvador Allende". Oscar Soto. Ob.Cit. págs. 278 a 281.
3. Ver bibliografía
4. Ob.Cit. pág. 36
5. El doctor Jaime Puccio fue dado de baja del Ejército al día siguiente del golpe de Estado. Estuvo con detención domiciliaria hasta el 15 de septiembre de 1973 y trasladado a la Cárcel Pública de Santiago, en donde permaneció durante diecinueve días incomunicado y luego cuatro meses detenido. El decreto de exoneración fue firmado por el general Arellano Stark, bajo el cargo de Alta Traición a la Patria
6. Por este acto, el doctor Alvaro Reyes fue detenido días después y condenado a 30 años de prisión.
7. "El último día de Salvador Allende". Oscar Soto. Ediciones El País Aguilar, SA.,1998.
8. "Isla 10" . Sergio Bitar. Pehuén. Colección Testimonio. Segunda Edición 1987. pp. 35 ss.
9. "Dawson". Sergio Vuskovic Rojo, Ediciones Michay, S.A. Madrid, 1984. Frases de Clodomiro Almeyda.
10. "Dawson". Ob.Cit. Frases de Orlando Letelier, pág. 73.
11. "plan Zeta". En una entrevista publicada el 11 de abril de 1999, Gonzalo Vial "confesó haber sido uno de los autores del "Libro Blanco" de la Junta Militar, editado en octubre de 1973, que intenta justificar el golpe de Estado. La publicación incluye el mítico Plan Z. En enero del año 2000, el canciller José Miguel Insulza señaló: " Ni moros ni cristianos creen en el Plan Z...Fue un invento absoluto". Sin embargo, en nombre de este Plan innumerables personas fueron sacrificadas.
12. Oficial de la Armada de Chile. Responsable en el mando de "Dawson", campo de prisión política en 1973 y 1974.
13. Uno de los oficiales del contingente destacado en Isla Dawson para la vigilancia de los prisioneros.
14. Subteniente de la Armada de Chile. Responsable de la isla Dawson junto al grupo de oficiales, comandados por Jorge Fellay.
15. "Isla 10". Sergio Bitar. Colección Testimonio. Editorial Pehuén. 1987. pp. 106-108.
16. "Liberta per Corvalán". Turingraf-Torino. 1975. Del testimonio de Benjamín Tepliski.
17. "Isla 10" Ob.Cit. pág. 186.
18. Subteniente y Reservista de la Armada; Jefe de Patria y Libertad en Valparaíso. Es descrito como una persona despectiva, prepotente y arrogante. Fue condecorado con la "Medalla Minerva" por el Presidente Patricio Aylwin.
19. "Isla 10". Ob.Cit.
20. Luis Vega y Jaime Concha
21. Sobre el asesinato de José Tohá, leer entre otros documentos, "El testimonio de Victoria Morales de Tohá", en el libro "Dawson", Sergio Vuskovic, págs. 33 a 42. (Documento extraído de "Denuncia y Testimonios. Actas de la 3ra Sesión de la Comisión Internacional de Investigación de los Crímenes de la Junta Militar en Chile, realizada en Ciudad de México, del 18 al 21 de febrero de 1975".
22. Testimonio de Enrique Kirberg, Rector de la Universidad Técnica del Estado, hasta el golpe militar.
23. "Isla 10". Ob.Cit. pág. 46.
24. "Isla 10" Ob.Cit. pág. 239.
25. "El proceso que le falta a Pinochet". Hernán Millas. Revista Rocinante. No 23. Septiembre 2000. En este artículo el autor enumera más de ocho propiedades adquiridas por Pinochet en todos estos años.
26. "Orlando Letelier: Testimonio y vindicación". J. Garcés; S. Landau. Ed. Siglo XXI, Madrid, 1996.
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